La reunión del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), celebrada en Panamá los días 28 y 29 de enero, trasciende con claridad el carácter técnico-financiero que suele acompañar este tipo de encuentros. La presencia de los presidentes de seis naciones, junto a destacadas personalidades internacionales —entre ellas premios Nobel de Economía y la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú—, confiere a esta cita un peso político y simbólico que merece una lectura más profunda.
El encuentro se produce en un momento particularmente delicado para el sistema internacional. El multilateralismo —entendido como el mecanismo de cooperación entre Estados soberanos para enfrentar problemas comunes— atraviesa una etapa de erosión acelerada. El auge de políticas unilaterales, la fragmentación geopolítica y el debilitamiento de los organismos internacionales tradicionales han reducido los márgenes de acción colectiva, especialmente en el Sur Global.
En ese contexto, Panamá aparece como un escenario cargado de significado. No solo por su posición geográfica y logística, sino por su experiencia histórica en la diplomacia multilateral latinoamericana. Durante la década de 1970, Panamá fue actor central en los esfuerzos de concertación regional que dieron lugar al Proceso de Contadora y, posteriormente, al Grupo de Río, iniciativas que buscaron soluciones políticas propias frente a conflictos armados y tensiones geopolíticas en Centroamérica y América Latina.
Que hoy, medio siglo después, Panamá vuelva a reunir a jefes de Estado, economistas de talla mundial y referentes éticos como Rigoberta Menchú no es un hecho menor. La presencia de premios Nobel de Economía refuerza el carácter técnico, racional y estructural del debate sobre desarrollo, financiamiento e integración regional. No se trata únicamente de cifras o proyectos, sino de modelos de desarrollo, de justicia económica y de sostenibilidad social.
A su vez, la participación de una premio Nobel de la Paz introduce una dimensión frecuentemente ausente en los debates económicos: la relación entre desarrollo, derechos humanos, cohesión social y paz duradera. En un continente marcado por profundas desigualdades, violencia estructural y exclusión histórica de los pueblos originarios, esa presencia amplía el marco del multilateralismo más allá de los balances macroeconómicos.
El CAF, como institución, representa hoy una de las plataformas más activas del multilateralismo regional. Su énfasis en infraestructura, integración, transición energética y desarrollo social lo posiciona como un actor clave en un momento en que otras instancias multilaterales muestran signos de agotamiento o captura por intereses geopolíticos externos.
Bajo el gobierno de José Raúl Mulino, Panamá enfrenta una paradoja histórica: es un país profundamente influido por una potencia extranjera, pero al mismo tiempo posee las condiciones para liderar un proceso de reacondicionamiento del multilateralismo regional, basado en agendas soberanas de cooperación económica, integración y desarrollo. Precisamente por esa condición fronteriza entre dependencia e independencia, su papel puede resultar especialmente relevante.
La reunión del CAF no debe leerse, entonces, como un evento protocolar más, sino como una señal política. Panamá vuelve a colocarse, al menos simbólicamente, como espacio de encuentro, mediación y construcción colectiva en una época marcada por la fragmentación global.
En tiempos de erosión del multilateralismo, los símbolos importan. Y cuando esos símbolos se encarnan en presidentes, premios Nobel y una tradición histórica de concertación regional, el mensaje es claro: aún es posible pensar —y construir— caminos comunes desde América Latina.
Cuando el mundo se fragmenta y el multilateralismo se debilita, Panamá vuelve a ocupar un lugar incómodo pero estratégico: demostrar que la cooperación entre iguales no es una nostalgia del pasado, sino una necesidad política del presente.
El autor es docente y especialista en ciencias sociales.

