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Bad Bunny: colonialidad cultural, hegemonía simbólica y la voz caribeña en la globalización

Bad Bunny: colonialidad cultural, hegemonía simbólica y la voz caribeña en la globalización
Ricky Martin, quien se unió a Bad Bunny en el evento deportivo más visto de Estados Unidos. EFE

El fenómeno Bad Bunny no puede leerse únicamente desde la música o el entretenimiento. Benito Martínez encarna un proceso más complejo vinculado a la colonialidad cultural, la disputa por la hegemonía simbólica y la reconfiguración del lugar de América Latina —especialmente el Caribe— en la cultura global contemporánea. Su irrupción masiva revela transformaciones profundas en las relaciones entre centro y periferia dentro del sistema cultural internacional.

Puerto Rico, territorio del cual emerge, constituye un caso paradigmático de colonialidad moderna: políticamente subordinado a Estados Unidos, culturalmente atravesado por influencias externas y económicamente dependiente. En ese contexto, que un artista puertorriqueño alcance centralidad global cantando en español caribeño y reivindicando explícitamente su origen no es un dato menor; es un gesto cultural con implicaciones políticas simbólicas.

Cuando Bad Bunny agradeció a su madre “por parirme en Puerto Rico” en un escenario internacional, no solo expresó gratitud personal. Reafirmó una identidad históricamente colocada en posición subalterna dentro del sistema cultural global. Ese tipo de gestos forma parte de lo que algunos analistas denominan resistencia cultural: prácticas simbólicas que cuestionan jerarquías heredadas del colonialismo y la hegemonía cultural anglosajona.

La música urbana latino-caribeña ha sido tradicionalmente deslegitimada por sectores culturales conservadores. Sin embargo, desde una mirada sociológica, funciona como espacio de articulación identitaria para sectores populares y juventudes urbanas. El reguetón y el trap no solo entretienen: producen narrativa, identidad, pertenencia y reconocimiento.

Bad Bunny sintetiza esa dimensión. Su estética, su lenguaje y sus referencias culturales no buscan validación en cánones tradicionales; más bien desafían esas jerarquías. Esto explica la ambivalencia que genera: éxito masivo combinado con críticas provenientes de sectores que aún asocian legitimidad cultural con parámetros eurocéntricos o anglosajones.

Durante buena parte del siglo XX, la globalización cultural operó como difusión de modelos culturales desde centros hegemónicos hacia las periferias. Hoy ese esquema se ha vuelto más complejo. La cultura latino-caribeña no solo consume influencias externas; también produce tendencias globales.

Bad Bunny ejemplifica esa transición. No abandona su acento ni su registro lingüístico, no diluye sus referencias territoriales ni adapta completamente su estética al canon dominante. Por el contrario, introduce esos elementos en el mercado global, obligándolo a reconfigurarse. No se trata de una ruptura total de la hegemonía cultural, pero sí de una renegociación significativa.

Existe, sin embargo, una tensión inevitable. Bad Bunny opera dentro del capitalismo cultural global: grandes plataformas, industria musical transnacional y una lógica comercial intensa. Esto plantea una pregunta recurrente en los estudios culturales: ¿puede existir resistencia simbólica desde dentro del mercado?

La respuesta probablemente no sea dicotómica. Su figura muestra que el mercado puede absorber discursos identitarios, pero también que esos discursos pueden modificar imaginarios culturales. La relación entre industria cultural y afirmación identitaria no es lineal; es una negociación permanente.

Más allá de preferencias musicales, Bad Bunny representa un cambio histórico en la autopercepción cultural latinoamericana. La cultura popular del Caribe deja de concebirse como periferia subordinada y comienza a proyectarse como actor global con voz propia.

Este proceso no elimina las desigualdades estructurales ni las relaciones de poder heredadas del colonialismo, pero sí transforma el plano simbólico. Y en la política cultural contemporánea, el plano simbólico no es secundario: configura identidades, legitimidades y horizontes colectivos.

Por ello, Bad Bunny no es simplemente un cantante exitoso. Es un indicador de época: una señal de que las identidades latino-caribeñas están redefiniendo su lugar en el mundo, disputando hegemonías culturales y afirmando, desde la cultura popular, nuevas formas de presencia global.

El autor es docente especialista en ciencias sociales.


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