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Amor a Bad Bunny

Amor a Bad Bunny
Bad Bunny / Getty Images

El fenómeno de Bad Bunny no puede analizarse únicamente desde la música. Lo que representa hoy trasciende el entretenimiento y se conecta con una realidad histórica mucho más profunda: la lucha de América Latina por defender su identidad cultural frente a siglos de subordinación política, económica y simbólica.

Por eso, el amor que millones sienten hacia Bad Bunny no es solamente admiración artística. Es también identificación histórica.

Durante décadas, a los latinoamericanos se nos enseñó que el éxito hablaba inglés, que el “verdadero” arte venía de afuera y que nuestras expresiones populares eran inferiores. Nuestros acentos fueron motivo de burla; nuestros barrios, asociados al atraso; nuestras músicas urbanas, criminalizadas o despreciadas por las élites culturales.

Sin embargo, Benito hizo exactamente lo contrario de lo que históricamente exigía la industria global: no se tradujo para ser aceptado. Llegó a la cima hablando como habla su pueblo, cantando en español caribeño, reivindicando el reguetón y defendiendo la identidad boricua en el corazón mismo de Estados Unidos.

Ahí radica la dimensión política del fenómeno.

Porque hablar de Puerto Rico es hablar de colonialismo. Un pueblo con ciudadanía estadounidense, pero sin plena representación política; una nación marcada por la dependencia económica, la migración forzada y el abandono institucional. Por eso, cuando Bad Bunny levanta la bandera puertorriqueña frente al mundo, no realiza solamente un gesto artístico: afirma la dignidad cultural de un pueblo que históricamente se ha negado a desaparecer.

Y América Latina entiende perfectamente ese mensaje.

Lo entiende México. Lo entiende Colombia. Lo entiende República Dominicana. Lo entiende Cuba. Y lo entiende profundamente Panamá.

Nuestro país también conoce las heridas de la subordinación geopolítica. Durante buena parte del siglo XX, Panamá vivió bajo la presencia directa del poder norteamericano en la antigua Zona del Canal, una estructura colonial que dividió territorial, económica y psicológicamente a la nación panameña.

Por eso, los mártires del 9 de enero de 1964 y Omar Torrijos entendieron que la lucha por la soberanía no era únicamente militar o diplomática; también era cultural y simbólica. Recuperar el Canal significaba recuperar la autoestima nacional.

En ese sentido, el fenómeno Bad Bunny conecta con una sensibilidad profundamente latinoamericana: la necesidad de existir sin pedir permiso.

Pero el contexto actual agrega una dimensión todavía más dramática. Mientras millones bailan música latina en plataformas digitales y en grandes espectáculos estadounidenses, millones de inmigrantes latinoamericanos continúan siendo perseguidos, discriminados, encarcelados o deportados dentro de Estados Unidos.

Existe una contradicción evidente: se consume nuestra música, nuestra comida, nuestro idioma y nuestra cultura, pero muchas veces se desprecia al latino que limpia hoteles, trabaja en la agricultura, construye edificios o cruza fronteras buscando sobrevivir.

Las redadas migratorias, el discurso xenófobo y la criminalización permanente de los inmigrantes han creado un clima de miedo para millones de familias latinoamericanas. En muchos casos, esos mismos sectores políticos que disfrutan económicamente de la cultura latina son los que impulsan políticas de exclusión y hostilidad contra quienes representan esa cultura en la vida real.

Por eso, la presencia de Bad Bunny en los grandes escenarios estadounidenses adquiere una dimensión simbólica enorme. No aparece como un latino subordinado culturalmente, sino como alguien que obliga al propio centro del poder global a escuchar la lengua, el ritmo y la identidad de América Latina.

Existe, además, un detalle importante que muchas veces las élites intelectuales no comprenden. El reguetón, como antes la salsa, el reggae en español o incluso el tamborito popular, nació desde abajo. Surgió en barrios marginados, entre jóvenes muchas veces excluidos de los grandes espacios culturales tradicionales. Y eso ocurrió también en Panamá.

El reggae en español panameño, precursor fundamental del reguetón latinoamericano, fue durante años despreciado por sectores conservadores que lo asociaban con marginalidad. Sin embargo, terminó convirtiéndose en una de las contribuciones culturales más importantes de Panamá al continente.

Sin El General resulta imposible comprender buena parte de la evolución posterior de la música urbana latina.

Tal vez ahí radique el verdadero significado del amor a Bad Bunny. Porque detrás del fenómeno musical existe un mensaje político profundo: América Latina ya no quiere verse a sí misma con ojos ajenos.

El autor es especialista en Ciencias Sociales.


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