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El Imamadó, el último afluente del río Jaqué

En 1947, el ornitólogo Alexander Wetmore exploró el río Imamadó, acompañado por un cacique local y su equipo, enfrentando los desafíos de la selva.

El Imamadó, el último afluente del río Jaqué
Para 1974 los chocoes vivían de la pesca y la cacería, del cultivo del plátano y el guineo. Cortesía

En el verano de 1947, el ornitólogo Alexander Wetmore exploró las selvas desconocidas del afluente más lejano del río Jaque, el Imamadó o río de los jaguares en la lengua de los Chocoes.

En 1946, Wetmore conoció en Jaqué a Conejo, un cacique chocó que vendía semillas de tagua al chino Mong. Conejo, el único habitante del Imamadó, invitó a Wetmore a visitarlo en 1947. Don Alejandro iniciaba su lento proceso de hacerse panameño, andando en piragua, a palanca y canalete.

Su plan era explorar el Imamadó en 1947 y en 1948, cruzar la serranía del Darién y salir a las cabeceras de los ríos del Chocó.

Darién era el reino de la malaria. Ello a pesar de que durante la segunda guerra mundial los científicos médicos habían desarrollado químicos como el DDT y medicamentos como el Aralen y la milagrosa Atrabina, que debía tomarse a razón de cuatro tabletas al día, por tres días. Salvo cuando el paciente se ponía amarillo.

Un avión de la fuerza aérea, con sede en Albrook, deja a Wetmore y a su asistente Watson Perrygo y una tonelada de carga en la pista de Jaqué. Jerónimo Sicaida, alcalde de Jaqué, acordó servirles de vaquiano, contratar piraguas y otros darienitas diestros con la palanca y el canalete.

Era asombroso cuán ágiles eran las piraguas, capaces de llevar mucha carga y muy estables en ríos torrentosos, algunas labradas con árboles de caoba que duraban hasta cincuenta años. Parten en marea honda topando muchas culebras de mar, muy venenosas. De repente, una enorme saltó del agua y cayó dentro de la piragua, haciendo que los pasajeros saltaran al charco. Tras tres días de palanquear por unas cincuenta millas y dejar atrás la boca del Pavarandó, el Tortadó, el Chocotal, Loma Corobá, el Charco Moja Culo y la loma de Peñitas alcanzan el Imamadó. Aquí estaba la última vivienda, el tambo de Conejo, que sería sede de la expedición. Entre la familia de Conejo y los de la expedición sumaron 19 personas que se acomodaron en el tambo por un mes.

Pronto Wetmore y Perrygo hacen amigos. Unos venían a conocer a los extraños, otros a buscar cura para cortaduras con machetes o con hachas y otros aparecían con quebraduras de huesos.

El Imamadó, el último afluente del río Jaqué

Los chocoes vivían de la pesca y la cacería, del cultivo del plátano y guineo. Pero el plátano era para ellos lo que el arroz para el resto de los panameños. Era la comida. Dedicaban mucho tiempo a la cacería, en especial del mono araña, las iguanas y el ave llamada pavón.

El tambo cercano a la orilla del río estaba construido sobre postes con piso de la flexible corteza de la palma de chonta. Cuando un niño se caía al suelo, seis pies abajo, los chocoes decían “nunca debes recogerlos, los niños tienen que arreglárselas solos, sino se vuelven pendejos”. Pero los padres jugaban mucho con sus hijitos, les hacían cayuquitos y los llevaban a nadar al río.

Para cazar y guerrear usaban mucho las cerbatanas. Para la guerra, los hombres pasaban tres días pintándose el cuerpo y envenenando las flechas y los dardos de las cerbatanas. Se pintaban el cuerpo con colores negro, azul, amarillo, rojo y rayas blancas. Los dardos para las cerbatanas los guardaban en un barrilito de dos bambú cada uno enrollado con algodón del árbol de Ceiba. Hacían las cerbatanas de una palma que partían, le quitaban el corazón, luego cerraban las tapas y las amarraban con fibra. Los dardos los colocaban en la boquilla de las cerbatanas y soplaban. Era un arma muy silenciosa y letal.

El Imamadó hizo honor a su nombre. Mientras exploraban las selvas les seguían estos majestuosos animales los jaguares fuese por las quebradas o rugiendo en los barrancos. Si el animal agachaba la cabeza hasta el suelo, escupía y ronroneaba, era una hembra con cachorros. Wetmore consideró el Imamadó el río más hermoso que había visto.

Un día su asistente le dijo: “Alejandro, ¿ves ese gran árbol que está allá lejos? Cuando regresemos en 25 años y abran la carretera Panamericana, en ese árbol clavarán un gran letrero que diga: ‘Tome Coca Cola”.

Me pregunto cuántos letreros de gaseosas y cervezas habrán ahora a lo largo del hermoso río Imamadó.


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