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El marañón en crisis: el descuido que amenaza su futuro en Panamá

La recuperación del marañón no depende de soluciones complejas, sino de constancia en prácticas básicas: poda fitosanitaria, fertilización adecuada y riego oportuno.

El marañón en crisis: el descuido que amenaza su futuro en Panamá

Hay cultivos que sobreviven por inercia; otros, por conocimiento. El marañón en Panamá parece estar atrapado entre ambos extremos.

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De la crisis a la esperanza: el rescate del marañón panameño en el Arco Seco

Durante años, este árbol resistente —capaz de adaptarse a las condiciones más duras del Arco Seco— sostuvo economías locales, marcó temporadas y se integró al paisaje agrícola. Pero hoy esa aparente fortaleza muestra grietas: no por falta de potencial, sino por un manejo deficiente.

El fitopatólogo y docente de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad de Panamá, Eddy Barraza, lo resume con claridad: el problema no es solo la enfermedad, sino el descuido.

“El árbol puede convivir con ciertos patógenos, pero cuando se debilita pierde esa capacidad”, explica. En ese punto, lo que antes permanecía latente se vuelve visible, agresivo y, muchas veces, irreversible.

El marañón en crisis: el descuido que amenaza su futuro en Panamá
El fitopatólogo y docente de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad de Panamá, Eddy Barraza. Foto/Cortesía

Un deterioro que no es nuevo

Entre las amenazas más severas está la resinosis, causada por el hongo Lasiodiplodia theobromae, un patógeno silencioso que puede permanecer en la planta sin manifestarse hasta que encuentra condiciones favorables: estrés hídrico, mala nutrición o cambios ambientales.

“Si la planta se estresa, el hongo comienza a multiplicarse hasta provocar su muerte”, advierte Barraza.

El patrón se repite en distintas zonas productoras: árboles debilitados, cosechas en descenso y una cadena de abandono que termina pasando factura.

No se trata de un evento aislado. Es un proceso acumulativo.

El deterioro, según especialistas, se hizo más evidente a partir de 2017, cuando diversos hongos comenzaron a manifestarse con mayor intensidad. Colletotrichum gloeosporioides, Pestalotia heterocornis y Lasiodiplodia theobromae dejaron de ser una presencia secundaria para convertirse en factores determinantes del daño.

No actuaron solos; lo hicieron en un contexto marcado por variaciones climáticas, cambios en los patrones de lluvia y temperaturas más extremas: condiciones ideales para su propagación.

El daño siguió un patrón claro: se inició en la copa, avanzó por las ramas y terminó afectando frutos y estructura. Una “muerte descendente”, como la describen los investigadores. Las hojas se manchan, las flores se debilitan y las ramas se secan. La planta pierde capacidad fotosintética y, con ello, productividad.

En el Arco Seco, donde cada cosecha depende de un equilibrio delicado entre clima y manejo, el impacto no ha pasado desapercibido.

El marañón en crisis: el descuido que amenaza su futuro en Panamá
Tronco del árbol afectado por Lasiodiplodia sp, causante de la resinosis (enfermedad más severa del cultivo). Foto/Cortesía

Entre la técnica y la constancia

Frente a este escenario, la respuesta técnica no es nueva. Tampoco es compleja, pero sí exige constancia.

Poda fitosanitaria, fertilización adecuada y riego oportuno: tres prácticas básicas que pueden marcar la diferencia.

La poda elimina focos de infección y mejora la estructura del árbol; la fertilización fortalece su capacidad de defensa; el riego, en un contexto de altas temperaturas, reduce el estrés que activa enfermedades.

El problema no es desconocerlas, sino no aplicarlas de forma sostenida.

“Esto no es un manejo de un año; es durante toda la vida productiva del árbol”, insiste el especialista.

En otras palabras, no hay soluciones rápidas para un problema que se ha construido con el tiempo.

En los últimos meses, instituciones como el Ministerio de Desarrollo Agropecuario y el Instituto de Innovación Agropecuaria han retomado acciones para enfrentar la situación. Jornadas técnicas, capacitaciones y acompañamiento en campo buscan corregir el rumbo, especialmente en provincias como Los Santos.

El enfoque incluye desde prácticas agronómicas básicas hasta la evaluación de variedades más resistentes y el desarrollo de paquetes tecnológicos, incluso con apoyo internacional.

Pero el desafío, en esencia, sigue siendo el mismo: aplicar lo que ya se sabe.

Porque, si algo ha dejado claro la experiencia reciente, es que el marañón no falla por sí solo: falla cuando se le deja solo.

En el Arco Seco, donde el clima no concede tregua y la tierra exige disciplina, el futuro de este cultivo no dependerá únicamente de nuevas investigaciones o variedades mejoradas; dependerá, sobre todo, del manejo.


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