En el Parque Arqueológico El Caño, el tiempo no ha pasado: se ha quedado enterrado. Bajo una llanura que parece inofensiva, la tierra guarda un orden antiguo que todavía respira en silencio. El camino que conduce al sitio atraviesa una extensión abierta donde el sol cae sin tregua sobre la hierba, y el aire —espeso, tibio— apenas se mueve, cargado de un olor indefinible entre polvo, pasto seco y pasado.
Son las 10:30 a. m. y, antes de que aparezcan las primeras piedras, lo que domina es el paisaje: árboles solitarios que vigilan sin moverse y un silencio que no está vacío, sino habitado. Aquí no hay ruinas grandiosas ni muros que desafíen el cielo. Todo ocurre a ras de tierra. Todo parece oculto. Y, sin embargo, todo está ahí.
Los monolitos emergen del suelo como los primeros vestigios que alcanza la vista. No son ruinas en el sentido clásico: no hay muros grandiosos ni estructuras que desafíen el cielo. Y, sin embargo, hay una fuerza contenida en esa discreción: la certeza de que debajo de cada metro de suelo descansa una historia que no se deja ver completa.
Los trabajos
Fue en ese mismo suelo donde la arqueóloga Julia Mayo vio abrirse la tierra, y lo recuerda como si hubiera sido ayer. Habla de la tumba T7, en 2015, y, más recientemente, de la T9, no como descubrimientos, sino como escenas detenidas en el tiempo. Dice que lo extraordinario no fue el oro, sino el orden: cuerpos dispuestos alrededor de un personaje central, como si la muerte hubiera sido cuidadosamente organizada.
“No estamos ante riqueza —explica—, sino ante una escenificación del poder”. Las tumbas, en su silencio, revelan sociedades organizadas en linajes, donde el poder no se imponía únicamente, sino que se representaba. Era un poder que se hacía visible en la muerte, legitimado frente a los vivos y a los ancestros.
Mientras uno camina entre la hierba, cuesta imaginar la vida que sostenía ese orden. Pero existió: hombres y mujeres que sembraban, pescaban y leían los ciclos del río como quien lee un calendario. Vivían en una llanura aluvial donde el agua no era paisaje, sino destino.

Trabajar aquí, dice Mayo, es enfrentarse al calor que no cede, a la humedad que invade y a lluvias que interrumpen sin aviso. Pero el mayor desafío no es el clima, sino la densidad del pasado: miles de objetos comprimidos en espacios mínimos, que exigen una paciencia que roza lo ritual.
Durante años se creyó que estas sociedades eran simples. Hoy, cada capa excavada desmiente esa idea con la contundencia de lo enterrado. Había redes de intercambio que conectaban este punto con regiones como Costa Rica y Colombia, e incluso con el mundo mesoamericano. El istmo no era margen: era tránsito.
En Natá de los Caballeros, la gente lo sabe sin necesidad de excavar. Conocen el valor del sitio y también su fragilidad. Se preguntan, con una mezcla de orgullo y desconfianza, ¿dónde está el oro que sale de la tierra? Sueñan con un museo que no solo conserve, sino que devuelva la historia a quienes viven sobre ella.
“Existe una demanda creciente por parte de los propios habitantes para que se construya un museo en el pueblo. Esto es clave no solo por el impacto académico, científico y turístico de los hallazgos, sino también por una cuestión de transparencia: es una pregunta legítima que la gente se hace: ¿dónde está el oro que sale del sitio arqueológico? Un museo permitiría conservarlo, exhibirlo y hacerlo accesible a la comunidad”, planteó la doctora Mayo.

Porque, mientras tanto, el suelo sigue siendo perforado en silencio. En fincas cercanas, decenas de pozos de huaquería abren heridas recientes en la memoria antigua. Cada objeto arrancado sin contexto es una historia que se pierde para siempre. Y, aun así, lo más inquietante es lo que falta. Apenas una parte del área funeraria ha sido revelada. El resto permanece intacto, como un libro que alguien decidió no terminar de abrir.
Así definió la arqueóloga la presión alrededor del yacimiento: “Este mismo año, el Dr. Carlos Mayo Torné, junto a un grupo de colaboradores, realizó una inspección en la finca Don Gollo, un cañal colindante con el sitio, donde se identificaron 45 pozos de huaquería, lo que demuestra que el saqueo sigue siendo un problema activo”.
La ciencia
En esa misma zona, la ciencia más silenciosa empieza a hablar. El ADN extraído de los restos humanos comienza a trazar vínculos invisibles: parentescos, linajes, historias familiares que sobrevivieron al tiempo. El haplogrupo A2af1a1 insinúa conexiones con pueblos como los Bribri, extendiendo la historia más allá del sitio. Y, mientras se esperan respuestas del cromosoma Y, las preguntas crecen como raíces bajo la tierra. Quizás allí, en lo que aún no se ha encontrado, esté la parte más importante del relato.
“Las tumbas nos permiten reconstruir historias de vida, relaciones sociales e incluso prácticas médicas. Por ejemplo, el individuo de mayor estatus de la tumba T9 presenta en sus dientes evidencias de tratamiento dental, con relleno de caries con hidroxiapatita (componente de dientes y huesos. Presente también en rocas y organismos marinos), lo que abre una ventana a conocimientos terapéuticos en estas sociedades”, acotó.
Para la arqueóloga cada hallazgo es revelador: “en definitiva, cada descubrimiento no solo aporta respuestas, sino que abre nuevas preguntas y nos acerca cada vez más a comprender la dimensión humana de estas sociedades”.
La cronología
En El Caño los entierros datan entre los años 700 y 1000 después de Cristo.
El primer indicio moderno apareció en 1925, cuando el aventurero Hyatt Verrill tropezó con huesos y piedras extrañas a orillas del río. No fue sino hasta la década de 1970 cuando los arqueólogos regresaron, guiados por relatos de conquistadores que hablaban de caciques cubiertos de oro. Sin embargo, lo que encontraron entonces fue más austero: restos humanos, cerámicas finas y huellas de rituales que revelaban orden y significado sin necesidad de excesos.
El sitio volvió al silencio hasta que, años después, la arqueóloga Julia Mayo insistió en escuchar lo que la tierra aún guardaba. Con nuevas herramientas, el suelo finalmente respondió: emergieron tumbas complejas, cuerpos dispuestos con precisión ceremonial y ajuares de oro que dejaron de ser leyenda para convertirse en lenguaje.
El guía turístico y uno de los guardianes del sitio, Roberto Oses, recordó que no fue hasta los años 1975 a 1979 cuando se abrió la primera tumba con la paciencia de quien sabe que está entrando en territorio ajeno.
Lo que apareció entonces no tenía todavía el brillo de las revelaciones posteriores: cerámica, herramientas, armas y restos humanos que habían esperado décadas, quizá siglos, para ser nombrados otra vez. Fue ese primer contacto el que obligó a entender que el lugar no era solo un cementerio, sino algo más amplio: un espacio ceremonial, un territorio habitado y, al mismo tiempo, un sitio donde los muertos adquirían otra forma de presencia.

Décadas después, cuando los estudios científicos comenzaron a leer el subsuelo sin tocarlo, el terreno reveló su extensión silenciosa: miles de metros cuadrados ocupados por tumbas que aún hoy siguen apareciendo como si la tierra administrara sus secretos con cautela. Oses recuerda otro asombro distinto al de la ciencia: el de ver oro por todas partes en los primeros años de excavación moderna, entre 2008 y 2011, como si el suelo hubiera decidido hablar de golpe.
Pero luego, dice, el asombro cambió de forma. Ya no era el brillo lo que impactaba, sino cada hallazgo inesperado: espejos que venían del mundo maya, rastros de prácticas dentales que desmentían la idea de una sociedad primitiva.
Fue entonces cuando comprendieron que estaban frente a una necrópolis, una ciudad de muertos importantes, donde no cualquiera era enterrado, sino aquellos cuya vida había dejado una marca en el orden del mundo.
Esa ciudad invisible no fue elegida al azar: está cerca del río, del mar, de rutas naturales que conectaban territorios, como si incluso en la muerte se necesitara permanecer en el centro de todo.

Y aunque hoy el visitante camine por senderos definidos, hubo un tiempo en que llegar era casi imposible, cuando las inundaciones borraban los caminos y el agua reclamaba lo que siempre había sido suyo. Aun ahora, dice Oses, el río sube sin aviso y deja marcas en las cercas, recordando que este territorio nunca ha sido completamente dominado por los hombres.
El pueblo de Natá
Entonces aparece otra voz, más reciente, más cercana al presente: la de una estudiante de turismo y residente del lugar que llegó sin saber que caminaba sobre siglos de historia. Maruquel López cuenta que su primer encuentro con El Caño fue casi accidental, una práctica profesional que terminó convirtiéndose en revelación.
Dice que al principio no sabía nada, que la historia apenas le rozaba la superficie, hasta que empezó a reconocer en los monolitos y montículos una narrativa completa, una forma distinta de entender el país.
Y entonces comprendió algo que no está en los libros: que la memoria también necesita ser contada por quienes la habitan, por comunidades que aún están aprendiendo a nombrar lo que siempre estuvo bajo sus pies.
Ahora, en su mente, hay mucha más información sobre cómo era probablemente el día a día de esta civilización: manos que sembraban, que moldeaban barro, que encendían hornos donde la cerámica y el oro no eran objetos, sino lenguajes. Nada parecía aislado; cada gesto —desde la pesca hasta la orfebrería— estaba atado a un orden invisible que sostenía la vida como si fuera una ceremonia continua.
También entiende que aquellos líderes políticos y religiosos no solo organizaban el trabajo, sino el sentido de las cosas: distribuían bienes, convocaban rituales, mantenían el equilibrio entre los vivos, la naturaleza y los ancestros. Ahora sabe que allí el oro dejaba de ser materia y se convertía en símbolo; los cuerpos, en portadores de un orden que no terminaba con la muerte.

Aun así, en El Caño cada respuesta abre nuevas incógnitas. Apenas se ha excavado una parte del área funeraria de ocho hectáreas. No se conocen con precisión las zonas de habitación ni la evolución completa del sitio. El Caño sigue siendo, en gran medida, un territorio por descubrir.
Museo del Oro
La ministra de Cultura, María Eugenia Herrera, descendió hasta una de las tumbas descubiertas en febrero pasado. Allí, frente a los vestigios que la tierra había guardado con paciencia, habló del valor histórico del hallazgo.
“Estamos enfocados en sacar adelante el Museo de El Caño como un centro de investigación y educación para todos los panameños y visitantes interesados en nuestros orígenes y nuestra historia”.
En medio de ese paisaje donde el pasado parece latir bajo la hierba, la ministra anunció que el futuro también se construye allí: un espacio que llevará el nombre de Museo del Oro. Afirmó que Panamá está lista para contarle al mundo la dimensión de su riqueza cultural, pero, sobre todo, para reconocerse en ella.

No es para menos. La excavación desarrollada en la presente temporada reveló una compleja estructura compuesta por ofrendas funerarias y un entierro múltiple, con un personaje principal acompañado por varios individuos y un abundante ajuar.
El individuo central, dispuesto en posición extendida, está rodeado por una serie de objetos de prestigio que evidencian su alto estatus dentro de la jerarquía sociopolítica de su comunidad. Entre los materiales encontrados destacan ornamentos metálicos —pectorales, orejeras y brazaletes—, así como cerámicas finamente elaboradas, algunas de ellas con iconografía asociada a la tradición artística local.
El día transcurre y en el Caño cuando la luz solar se inclina sobre la llanura y las sombras de los monolitos se alargan sobre la hierba, el sitio vuelve a parecer lo que siempre fue: un campo silencioso, inmóvil, casi olvidado. Pero esa calma es apenas una ilusión. Debajo, ordenado con una precisión que el tiempo no ha logrado deshacer, permanece un mundo entero: cuerpos, símbolos, jerarquías, memorias. Todo sigue ahí, intacto, como si la historia hubiera decidido no irse nunca. Y entonces se entiende que El Caño no es un lugar donde el pasado descansa. Es un lugar donde el pasado espera.

