Afinaban detalles de la rueda de prensa que don Pepe Mulino daría en el nuevo hospital pediátrico, obra de cientos de millones de dólares que finalmente se entregaría. Lo acompañaba el ministro de Salud, el otro protagonista en la inauguración.
–¿Tienes la lista?, le preguntó el presidente.
–Sí, don Pepe. Metí todo... absolutamente todo, como me lo pidió. Tengo dos páginas de hospitales, Minsa-Capsis, centros de salud, etc. Y, precisamente, quería preguntarle si metemos las carpas que ponemos para vacunar y los puestos de vacunación en los supermercados. Con eso las obras se triplican.
–Don Pepe lo fulminó con la mirada. Deja fuera los supermercados. Sabes bien que si empezamos con eso el tipo ese es capaz de mandarnos una factura desde Colombia. No menciones los supermercados. ¿Hiciste el inventario de especialistas y técnicos para los hospitales nuevos?
–Sí don Pepe, ¡Es una lástima! No hay ni para la mitad de esas obras. Mire, ni siquiera hay suficientes pediatras para este hospital. Es una mala noticia que, si la menciona, terminaremos pidiendo perdón por tener más paredes que doctores.
–Tienes razón. No digas nada de eso. La buena es que ya hay a donde ir. De la mala, se irán enterando poco a poco, pero hoy no. Son mil millones de dólares en proyectos de salud y todo bajo mi gobierno. Eso es lo que hay que destacar. Te pasaré la palabra para que lo destaques.
–Presidente, a propósito, los contratistas me preguntan por el texto de la placa de inauguración. Yo le pedí a la IA y me mandó esto: “Entregado al pueblo panameño por el presidente José ‘Pepe’ Mulino”. Y de texto central: “Una obra moderna para un sistema de salud eficiente. Con orden y voluntad, transformamos el acceso a la medicina en un derecho real para todos”. ¿Qué le parece?
Don Pepe sonrió, pero con sarcasmo creciente hasta llegar a la ira…
–Mira, el otro año vamos a entregar docenas de facilidades médicas, completamente nuevas y equipadas, pero sin médicos ni enfermeras ni técnicos ni siquiera con personal de aseo –o sea, sin tus amiguitos– ¿y tú quieres que les ponga mi nombre? No, absolutamente no. Toda la vida has estado viendo y operando las bocas de tus pacientes, pero parece que no prestas atención a lo que salen de esas malagradecidas fauces. ¡Me van a destruir cuando descubran que son cascarones! ¡Si quieres, pon tu nombre… pero no el mío!... Y encima de todo, ni siquiera pudiste pensar en algo, sino que lo sacaste de la IA.
–No puedo creer que lo hayas sacado de Google. Te imaginas si eso se sabe… Las redes inundadas de burlas contra mí. Mira… lo puse en tu IA y oye lo que salió: “Bajo la administración de don José Pepe Mulino se entrega este hospital para que el pueblo vea que el cemento también es salud. Equipos importados, quirófanos de primera generación y pintura anti-manchas. Nota: No se incluyeron médicos en esta placa para no opacar la brillantez del bronce”.
El ministro, decepcionado, admitió que don Pepe tenía un punto. Pero pensó: el presidente no pone su nombre en esos hospitales, pero sí su slogan: “Con paso firme”… hasta en las placas de los carros, y viene a enfurecerse por esta pendejada. Apuesto a que tampoco usará ningún hospital público, si para lo de su hombro se fue a Nueva York. Una simple operación ambulatoria y se largó para allá. Ni una calza quiere hacerse aquí y habla de hospitales de primer nivel.
–De acuerdo, presidente, replicó el ministro regañado. Les diré que no habrá texto ni placa ni nada.
Don Pepe estaba realmente enfurecido. Pidió que lo dejaran solo antes de abandonar el palacio. Necesitaba calmarse. No podía presentarse en ese estado porque una vez más los periodistas lo harían añicos. Sin nadie a su alrededor, reflexionó: Es que ya nadie quiere ni pensar. ¿Qué he hecho para merecer esto?
La palabra karma se materializó en su mente. El día del aguacero, Luli le envió un mensaje: El agua se cuela a chorros en el techo. ¡Llovía en las oficinas de la Presidencia de la República! “Vivo y trabajo en un edificio valorado en millones de dólares y en nada se diferencia de una casa de quincha de Azuero”, pensó don Pepe. “¿Por qué tengo que sufrir estas vainas? ¿No es esta la primera residencia del país y yo, la más alta autoridad de la República? La conciencia que alguna vez tuvo, sonriente le gritó: ¡Karma, es tu karma!

