“Hola amiga, te mando esto con la mejor intención…”
Así empezaba un mensaje que recibí hace unos días de alguien que a duras penas conozco. Venía acompañado de advertencias de lo que “la gente” dice sobre mí. Gente que ve la inminente reapertura de la mina como uno de tantos aciertos de este gobierno, y que por lo tanto me ha etiquetado como una “hater de Panamá”.
Le respondí con datos. Como hacía referencia a “la gente”, le recordé que en abril, una medición publicada por La Estrella de Panamá reflejaba un amplio rechazo ciudadano a la reapertura de la mina. Luego le hice una pregunta mucho más simple: ¿hay algo de lo que he escrito o dicho que sea falso?
No me contestó. Y el silencio dijo bastante. El problema no era que yo no hubiera fundamentado mis argumentos. El problema era no haberme sumado al coro de aplausos al gobierno que hoy domina ciertos círculos empresariales.
Luego aquel “mensajero desinteresado” hizo una confesión reveladora: “Yo no conozco una sola persona que esté en contra de la mina”, afirmó.
Y ahí confirmé que aquella conversación no solo trataba sobre minería. Trataba también sobre algo para lo que no hace falta cavar demasiado. Está en la superficie: la costumbre de confundir su propia burbuja con el país.
Confunden las opiniones de quienes los rodean con los hechos. Confunden su club social con la sociedad completa. Y, peor aún, confunden la defensa de intereses privados con la defensa del Estado de derecho.
En estas cámaras de eco, ya no importa si algo es cierto, legal o éticamente defendible. Lo que importa es desacreditar a quienes nos atrevemos a decirlo en voz alta. Quienes actúan al margen de la ley son parte del paisaje esperado. Bajo escrutinio terminamos otros: somos “negativos”, “obsesivos”, “haters”. Y es que es mucho más fácil atacar personas que debatir ideas.
Tal es la lógica de esa positividad tóxica que simplifica el debate público a tener que “hablar bien” de Panamá. Siempre. Aunque los hechos digan otra cosa. Aunque se crucen líneas legales y éticas. Aunque existan evidentes conflictos de intereses. Aunque las instituciones se politicen.
Basta recordar a aquel publicista, poco célebre por el rigor de sus argumentos, que se atrevió a grabar un video proponiendo que se prohíba a los medios publicar malas noticias porque estas “dañan” al país.
No pretendo premiar tal disparate con una respuesta, pero sí traer una reflexión de Robert F. Kennedy que parece escrita para estos tiempos: “La crítica no es deslealtad hacia una nación, puede ser una forma de patriotismo”.
Por todo ello, la etiqueta de “hater” la llevo como una medalla. Es mi forma de romper con ese falso consenso que se quiere imponer, engañándonos con que todo lo que está pasando en Panamá es “para bien”. Así ningún país se corrige, solo maquilla su realidad.
Ahí el optimismo deja de ser una inspiración y se convierte en un mecanismo de censura. Los legítimos cuestionamientos son tildados de “resentimiento” y la exigencia de rendición de cuentas se tacha de “odio al país”. No es casual que en este ambiente muchas voces críticas hayan sido silenciadas.
Contrario al viejo lema de campaña de Ricardo Martinelli, los “haters” hoy no somos más. Somos menos. Pero precisamente por eso, somos más necesarios que nunca. Porque en un país donde los aplausos oficiales tienen megáfono y las críticas se contestan con ataques personales, llevar esa etiqueta se convierte en una de las formas más honestas de aportar al debate público.
Sí. Soy orgullosamente “hater”.

