Los perros comenzaron a ladrar pasada la medianoche.
Karol De Gracia no abrió la puerta y tampoco se asomó por la ventana. Teme encontrarse con uno de los presos. El lunes 1 de junio casi 200 reos escaparon de la cárcel La Joyita y personal del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) entró a su casa preguntándole si había visto a alguien saltar el muro, esconderse en el patio o forzar una puerta.
Los agentes revisaron cada rincón de la vivienda. Le preguntaron incluso si había sido amordazada. Ella les dijo que nada de eso había ocurrido.
Karol vive en Altos del Naranjal, una barriada cerca del Complejo Penitenciario La Joya, el centro presidiario más grande de Panamá. La tarde de la fuga masiva, ella estaba cocinando y de pronto vio pasar a la Policía. Eran aproximadamente las 2:00 p.m. Patrullas iban y patrullas venían.
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“¿Qué es ese pocotón de policías? a lo mejor están buscando a alguien, o van a hacer algún allanamiento, que es lo normal por aquí”, le preguntó a un amigo.
Entonces sonó el celular de su esposo.
“Hubo una fuga en La Joyita”, le dijeron. Empezó la balacera. “Bala para arriba, bala para abajo, bala para todo lado”, recuerda.
“¡Ayala vida!”, recuerda Karol.
Cerraron la calle. Comenzaron los operativos para las capturas.
Búsqueda y miedo
La mañana del viernes 5 de junio, cuando La Prensa visitó el área, el cielo parecía incapaz de decidirse entre la lluvia y el sol. Nubes grises cubrían por momentos el horizonte y, de repente, algún rayo de luz iluminaba los techos de zinc de las barriadas vecinas.
En el cuartel de Pacora, los agentes de la Policía Nacional, coordinaban los operativos para localizar a los prófugos que seguían sin aparecer.
La búsqueda sigue, pero la incertidumbre y el miedo conviven con los habitantes de Panamá este.
A pocos kilómetros de allí, detrás de cercas, garitas y muros de concreto, el complejo penitenciario La Joya parecía haber recuperado la calma. Los vehículos entran y salen. Los custodios cumplen su rutina. Los vendedores instalados a un costado de la carretera siguen atendiendo clientes.
Uno de ellos con la certeza de quien conoce la zona de toda la vida, afirma tener una teoría de por qué a muchos reos los capturaron rápido. Cuenta que el bosque es denso, la vegetación cierra el paso y quien no conoce el terreno se pierde con facilidad.
Para ilustrarlo narra una historia de hace años. Manuel Machado, alias El Portugués, condenado por el robo a Pribanco en agosto de 1998, se fugó del complejo y estuvo 15 días dando vueltas sin poder salir del área. La vegetación jugó en su contra antes de que la Policía lo capturara. No pudo llegar muy lejos.
El sábado 6 de junio, la Policía reportó que aún quedan 23 hombre en las calles. La cifra cambia cada cierto tiempo.
‘Enciérrese, se fueron los presos’
Esther, residente de Villas de Tanara, se enteró de lo que pasaba por la dueña del busito colegial de sus hijos. La llamó y le dijo: “Señora Esther, enciérrese, se fueron los presos”. Al marido de la dueña del busito le robaron un taxi, pero después se lo devolvieron.
Cuando ocurrió la fuga, el hijo de Esther jugaba en la calle con unos vecinitos. Y entonces se escuchó la balacera. Los niños salieron corriendo hacia la cerca. Esther los llamó: “Ni Dios lo quiera una bala perdida”.
Cerca de la abarrotería Pequis, en la misma barriada, esa tarde un hombre paró un taxi. Le pidió al taxista que lo sacara del área, pero este se negó. Al rato llegó una patrulla de la Policía. Lo acostaron en el piso, lo esposaron y se lo llevaron. Era uno de los presos que había huído.
Por estos días los hijos de Esther no salen a la calle a jugar pelota como siempre lo hacían.
“Ellos andan desesperados y casi la mayoría son homicidas. Por eso no les va a temblar la mano”, afirma.
Los perfiles de los prófugos
En efecto, de acuerdo con los perfiles que divulgó la Policía Nacional, casi el 29% de los que se fugaron son homicidas; el 23% está vinculado a delitos relacionados con drogas; otro 10% tiene vínculos con el tráfico de armas; el 5% está condenado por pandillerismo y, así, los delitos se multiplican.
Jeancarlo Beltrán, otro residente de Villas de Tanara, vio cómo capturaban a cuatro cerca de donde vive. Cuatro días después todavía había policías en la zona pidiendo cédula, revisando carros y haciendo preguntas.
“Se siente feo porque no se sabe dónde están y se pueden meter en tu casa”.
Sin paz en Tierra Prometida
En Tierra Prometida, un asentamiento informal levantado entre colinas y áreas boscosas cerca del complejo penitenciario, hay miedo. El nombre parece una ironía para quienes han pasado los últimos días atentos a cualquier ruido.
El martes en la noche un grupo de presos entró a una casa. Amordazaron a la familia. Se llevaron 50 dólares, un celular y víveres comprados en el supermercado. Uno de ellos intentó violar a una mujer.
La historia la repitieron todos los vecinos con quienes habló La Prensa en Tierra Prometida y llegó también a oídos de residentes de otras barriadas del área.
Teresa Gómez se siente agotada.
La gente no duerme, dice.
Salen de dos, de tres, de cuatro, siempre de noche, cuando la Policía abandona la vereda. Dice que la mayoría de los padres han mandado a sus hijos donde familiares en Las Mañanitas, en Tocumen, en Tanara y en 24 de Diciembre.
“Nosotros estamos presos por los presos”, afirma.
Agapito, otro vecino, presenció uno de los momentos en que la Policía interceptó a un grupo de presos que corrían por la zona. Eran alrededor de dieciséis hombres, dice. Lograron capturar a dos. Los demás se dispersaron en el monte.
El hombre cuenta que uno de ellos se tiró por un barranco para intentar escapar, pero calculó mal. Cuenta que el preso se golpeó y quedó inconsciente. Así lo encontraron y así lo capturaron.
El viernes en la mañana, mientras este medio recorría el área, en Tierra Prometida había cuatro carros del Senafront repletos de jóvenes agentes que les pedían cédula a todos los que pasaban por la vía, revisaban vehículos y hasta les tomaron fotos a las credenciales que identificaban como periodistas al equipo de La Prensa.
En otras barriadas los muros de La Joya se ven desde algunas ventanas. Los niños de Altos del Naranjal, Villas de Tanara, Tierra Prometida y otros sectores cercanos crecieron jugando bajo su sombra. Era parte del paisaje, tan habitual como los cerros o la vegetación que rodea la zona. La fuga del lunes 1 de junio será, a partir de ahora, un suceso que acompañará sus vidas.
Teresa terminó la conversación con un llamado directo, sin rodeos, a la ministra de Gobierno, Dinoska Montalvo.
“Que por favor mire a la comunidad de Tierra Prometida. La necesitamos”.
La Policía sigue buscando. En las barriadas, las puertas siguen cerradas. Los perros siguen ladrando a medianoche.
