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Y todo comenzó bailando

Y todo comenzó bailando
BLOOMBERG/ Jeff Kowalsky

Quienes trabajamos (o simplemente convivimos) con temas de sostenibilidad, diversidad e inclusión hemos escuchado —y probablemente repetido— una frase que ya es casi un mantra. La dijo Verna Myers, una de las voces más reconocidas en estos temas:

“Diversidad es que te inviten a la fiesta. Inclusión es que te saquen a bailar.”

Y sí, suena simple. Pero es una frase poderosa porque aterriza una verdad incómoda. No basta con “dejar entrar”. La inclusión de verdad se siente cuando alguien te mira, te reconoce, te integra y te hace parte de la experiencia.

En las empresas pasa exactamente lo mismo. Se puede contratar talento diverso, llenar presentaciones de colores y publicar un post bonito en distintas efemérides. Pero si, cuando la persona llega, siente que tiene que “editarse” para encajar; si no la escuchan; si no la consideran para oportunidades reales; si su identidad se vuelve un tema delicado o un chiste incómodo, entonces la diversidad se queda en la puerta. Está invitada a la fiesta, pero nadie la saca a bailar.

Y ojo, además de ser lo correcto, esto también es un tema de resultados. La conversación se volvió “de negocio” hace rato. Por ejemplo, McKinsey ha venido documentando (con una base de datos amplia y global) una correlación sostenida entre diversidad en equipos de liderazgo y mejor desempeño financiero. En su reporte Diversity Wins, encontraron que las compañías en el cuartil superior de diversidad de género en equipos ejecutivos eran 25% más propensas a tener rentabilidad por encima del promedio que las del cuartil inferior. Y para diversidad étnica y cultural el dato era todavía más fuerte: 36% más propensas. Y este punto es clave: no se trata de “magia”. Se trata de mejores decisiones, menos sesgos, más perspectivas, mejor lectura de mercados y mejor cultura interna.

BCG también ha encontrado algo que a mí me encanta porque conecta diversidad con una palabra que a las empresas les importa muchísimo: innovación. En su estudio sobre diversidad en equipos de gestión, reportó que las empresas con equipos directivos más diversos mostraban 19% más ingresos por innovación que las menos diversas.

Pero aquí viene el asterisco que casi nadie quiere leer: la diversidad por sí sola no produce esos resultados. Lo que los activa, lo que los vuelve reales, es que exista inclusión: que la gente sienta que pertenece, que puede hablar, que no va a ser castigada por ser diferente, que puede crecer sin “pedir permiso” para existir.

Quizás por eso cada vez más se habla de una evolución natural del tema: diversidad, inclusión y pertenencia. Y quizás por eso, cada vez que escucho la frase de Myers, pienso menos en indicadores y más en momentos humanos. Porque la inclusión rara vez se siente como una política; se siente como una experiencia.

Y ya que junio nos pone el tema en la cara con el Mes del Orgullo LGBTQ+, vale la pena recordarlo: detrás de cada conversación sobre diversidad hay personas reales. Personas que durante años han buscado algo tan simple como poder mostrarse auténticamente, sin miedo al juicio o a la exclusión.

Hace algo más de un año viví una experiencia que me lo recordó con claridad. A finales de 2024, mi promoción del Colegio San Agustín celebró los 25 años de graduados. Como pasa en estos encuentros, llegamos con nostalgia, con ganas de reírnos de lo que éramos y de ver qué fue de cada quien.

Para mí, esos años también coincidieron con el descubrimiento de mi orientación sexual. Y no fue un proceso fácil. Crecí en una época sin internet, sin referentes visibles y sin conversaciones abiertas sobre diversidad. No puedo decir que fui víctima de discriminación extrema o bullying brutal; sería injusto. Pero sí hubo comentarios, bromas y actitudes que, aunque parecían “pequeñas”, terminaron teniendo un impacto en mi autoaceptación.

La vida avanza. Hoy me siento profundamente orgulloso de quien soy. He construido una carrera profesional y artística que me apasiona, relaciones significativas y una vida que me hace feliz. Las expectativas ajenas ya no pesan como antes. Por eso fui a esa reunión con ilusión y tranquilidad: quería abrazar a viejos amigos, recordar historias y celebrar lo que habíamos recorrido juntos.

Y así fue… hasta que pasó algo que, en apariencia, podría parecer insignificante: un compañero —a quien quiero muchísimo, profesional exitoso, esposo, padre de familia y orgullosamente heterosexual— hizo algo inesperado: me sacó a bailar.

Así de simple.

Sin pensarlo demasiado, sin “cuidar” lo que dirían los demás, sin esa masculinidad frágil que a veces necesita demostrarse mediante la distancia. Simplemente porque a él le gusta bailar y a mí también.

El DJ puso salsa, nos paramos, fuimos al centro de la pista, bailamos… y ya. Eso pensé esa noche. Pero fue al día siguiente, repasando la celebración, cuando entendí lo que en realidad había pasado. Porque ese gesto, en ese contexto específico, me hizo sentir algo muy concreto: pertenencia. Y también ausencia de miedo. Como si una parte de ese adolescente que fui, por fin, pudiera relajarse.

Y ahí conecté de nuevo con la frase de Myers: la inclusión no siempre llega en discursos grandes. A veces llega en actos pequeños que envían un mensaje enorme: “Aquí puedes ser tú mismo.”

Las empresas suelen concentrarse en atraer diversidad, y está bien. Pero la pregunta importante es otra: ¿qué pasa después? ¿Escuchamos de verdad a las personas? ¿Les damos espacio? ¿Las promovemos? ¿Las involucramos? ¿Creamos culturas donde no tengan que esconder quiénes son para sobrevivir profesionalmente? En otras palabras: ¿las invitamos a bailar?

Porque cuando una persona siente que pertenece, no solo gana esa persona. Ganan los equipos, gana la empresa y ganamos como sociedad. Y si algo nos recuerda el Mes del Orgullo LGBTQ+ es justamente eso: que la inclusión no se mide solo por políticas o comunicados, sino por experiencias reales.

Y a veces, todo empieza con algo tan sencillo como una invitación, una conversación… o una pieza de salsa en medio de la pista.

Porque al final, sí: la diversidad es estar en la fiesta. La inclusión es que te saquen a bailar. Y la pertenencia es cuando ya no tienes que preguntarte si ese lugar también es tuyo.

Simplemente lo sabes.

El autor es profesional de las comunicaciones y el marketing.


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