Algo se ha roto en la relación entre las personas y las instituciones. No ocurrió de un día para otro, pero hoy es evidente. El World Economic Forum lo ha descrito como una etapa marcada por la fragmentación y la competencia entre bloques. El Barómetro de Confianza de Edelman 2026 lo dice de forma más directa: vivimos en sociedades donde cada vez confiamos menos en el sistema y más —casi exclusivamente— en quienes sentimos cercanos.
En este contexto, los ciudadanos ya no confiamos ni en el “Chapulín Colorado”. Según Edelman, siete de cada diez personas en el mundo tienen hoy una mentalidad de confianza insular: desconfían activamente de quienes piensan distinto o representan espacios lejanos a su realidad.
En Panamá, esta lectura global tiene un reflejo claro. La IV Encuesta de Ciudadanía y Derechos del Cieps muestra que el valor más importante para la población es la benevolencia, entendida como la preocupación por el bienestar del círculo cercano. Lo local, lo conocido, lo propio. El paralelismo es difícil de ignorar.
Esta fragmentación de la confianza no es solo un problema de percepción. Tiene consecuencias concretas. Cuando los distintos sectores del país dejan de reconocerse entre sí, se debilita la capacidad de avanzar con acuerdos mínimos. El resultado es un país que se detiene, incluso cuando tiene con qué avanzar.
La gran oportunidad empresarial: ser el intermediario de confianza, el “trust broker”
En este escenario, suele pensarse que las empresas son espectadoras de la desconfianza o, en el mejor de los casos, víctimas del clima social. Los datos dicen otra cosa. En Panamá, la pequeña empresa, la empresa en general y los bancos se encuentran entre los actores con mejor valoración e influencia ante la ciudadanía, según el Cieps. Esto ocurre, además, en un país donde los principales riesgos identificados son la insuficiencia de servicios públicos y la falta de oportunidades económicas.
Aquí aparece una oportunidad poco discutida. No una oportunidad de imagen, sino de rol. En un entorno de desconfianza institucional, la empresa puede convertirse en el intermediario de confianza —el trust broker que plantea Edelman—: un actor que conecta intereses, reduce tensiones y aporta estabilidad. No desde grandes discursos, sino desde decisiones coherentes que se sostienen en el tiempo.
En la práctica, esto implica demostrar que generar rentabilidad y contribuir al bienestar no son caminos opuestos. Que el empleo, la formación, la inversión local y el respeto por las reglas no son gestos accesorios, sino la base de una relación sana con la sociedad. Cuando las personas pueden ver ese vínculo de forma clara, la distancia que alimenta la desconfianza empieza a reducirse.
Esta oportunidad se juega en aspectos muy básicos.
Primero, hablar desde la realidad de las personas. Mostrar cómo la actividad empresarial impacta en empleo, ingresos y estabilidad concreta, sin adornos ni abstracciones.
Segundo, sostener lo que se dice con hechos. En tiempos de desconfianza, lo que no se demuestra termina debilitando más que el silencio. La coherencia es hoy una forma de cuidar el negocio y su entorno.
Tercero, entender que la confianza también se gestiona desde dentro de la empresa. El liderazgo ya no puede tratar la comunicación como un trámite. En un país donde el empleador es una de las instituciones más confiables, cada decisión interna tiene un efecto externo.
No se trata de que las empresas sustituyan al Estado ni de que asuman responsabilidades que no les corresponden. Se trata de reconocer que, en un país fragmentado, cada decisión empresarial envía una señal. Incluso cuando no se envía ninguna.
Y es precisamente ahí donde los criterios ambientales, sociales y de gobernanza dejan de ser un marco técnico y se convierten en una guía práctica para la acción. Cuidar el entorno, generar oportunidades reales y tomar decisiones claras y responsables no solo ordena la gestión interna; construye confianza en un país que la necesita con urgencia. Integrar estas dimensiones en la toma de decisiones diarias es, hoy, una forma concreta de responder al momento actual: actuar con claridad, con coherencia y con la convicción de que la empresa también puede ser parte activa del futuro común.
La autora es consultora en sostenibilidad y comunicación responsable.
