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Volver a casa

Volver a casa
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Hay un lugar al que uno siempre regresa, aunque pasen los años, cambie la dirección de nuestra vida o el peso de nuestras responsabilidades nos haga creer que ya no lo necesitamos. Ese lugar no siempre es una casa. Es un refugio. Es el hogar de mamá y papá.

Con el tiempo nos convertimos en profesionales, ocupamos cargos importantes, dirigimos empresas, tomamos decisiones que afectan a muchas personas y aprendemos a sostener el mundo sobre nuestros hombros. La vida nos enseña a ser fuertes, a resolver problemas y a aparentar que todo está bajo control.

Pero basta cruzar la puerta de la casa donde crecimos para recordar que, antes de ser abogados, médicos, ingenieros, empresarios o funcionarios, simplemente fuimos hijos.

Hay algo casi mágico en volver a ese hogar. El olor de la comida de mamá, el sillón de siempre, las fotografías que permanecen en el mismo lugar, la voz de papá preguntando si ya comimos o si necesitamos algo. Son pequeños gestos que tienen el extraordinario poder de devolvernos la calma.

No importa si tenemos veinte, cuarenta o sesenta años. Frente a nuestros padres seguimos siendo esos niños que alguna vez se rasparon las rodillas, que tuvieron miedo de la oscuridad o que buscaron un abrazo después de un mal día en la escuela.

Y qué decir del abrazo de mamá. Ese abrazo no cura las enfermedades ni resuelve los problemas, pero tiene la capacidad de aliviar el alma. Es como si, por unos minutos, el ruido del mundo dejara de existir. En ese instante las preocupaciones se hacen más pequeñas, la ansiedad disminuye y el corazón recuerda que todavía existe un lugar donde no tenemos que demostrar nada.

En casa de mamá y papá nadie espera que seamos perfectos. No importa el cargo que ocupemos ni los reconocimientos que hayamos recibido. Allí no valen los títulos. Valemos nosotros.

Quizá por eso, cuando la vida duele, cuando el cansancio se acumula o cuando el corazón se rompe en silencio, el instinto nos lleva de regreso a casa. No buscando soluciones, sino buscando paz.

Porque hay hogares que alimentan el cuerpo, pero también existen hogares que alimentan el espíritu. Y el de nuestros padres suele ser uno de ellos.

Algún día esa puerta dejará de abrirse. Algún día el café de mamá ya no tendrá el mismo aroma y la voz de papá quedará guardada únicamente en la memoria. Por eso, mientras podamos, vale la pena volver. Sentarnos un rato, conversar de cualquier cosa, aceptar ese plato de comida servido con amor y permitirnos, aunque sea por unas horas, dejar de ser adultos.

Porque regresar a casa de mamá y papá no es un signo de debilidad. Es un acto de amor. Es recordar de dónde venimos para encontrar fuerzas hacia dónde vamos.

Y quizás esa sea una de las mayores verdades de la vida: no importa cuánto crezcamos, cuánto éxito alcancemos o cuántas responsabilidades carguemos sobre los hombros. Siempre habrá una parte de nosotros que encontrará en los brazos de mamá el mejor bálsamo para el alma, y en la presencia serena de papá la certeza de que, mientras exista ese hogar, nunca estaremos completamente perdidos.

La autora es abogada.


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