La Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología (Senacyt) anunció, en febrero de 2025, que el primer borrador de la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial (IA) estaría lista en mayo de ese año. De manera oficial, Senacyt anunció que en junio o julio de 2026 será presentada, dieciséis meses después del plazo prometido. Que exista es una buena noticia. Que lleve tanto tiempo en gestación obliga a preguntarse qué debe contener para que la espera valga la pena, y a quién le cambiará la vida cuando finalmente llegue.
Una estrategia de IA es una decisión sobre qué país queremos ser. Requiere cinco componentes no negociables: una hoja de ruta con plazos y presupuesto real; una política de datos que preceda y sostenga la IA; un plan de talento con metas cuantificadas; infraestructura computacional soberana; y un marco de gobernanza con seguimiento institucional verificable. Todos necesitan recursos, legislación y voluntad de comprometer que trasciendan gobiernos.
Lo más urgente es lo más ignorado: antes de tener una estrategia de inteligencia artificial, Panamá necesita una estrategia de datos. La IA procesa datos como un motor procesa combustible. Si ese combustible está disperso en silos institucionales sin estandarización, sin interoperabilidad y sin acceso público, el modelo más sofisticado del mundo no arranca. El propio secretario Eduardo Ortega Barría advirtió ante la Asamblea Nacional que hay una situación crítica en gestión de datos. Detrás de esa frase técnica hay una realidad concreta: el productor agropecuario de Chiriquí que quiere adoptar agricultura de precisión, el emprendedor de logística en Colón que busca optimizar rutas, o el médico en una comarca indígena que necesita datos epidemiológicos actualizados enfrentan el mismo muro: la información pública no está disponible, no es confiable o no existe en formato útil. La respuesta pasa por aplicar modelos de madurez de datos a cada institución pública, evaluar en qué nivel se encuentran y publicar los resultados. Sustituir la discrecionalidad por decisiones basadas en evidencia requiere un cambio en la forma en que el Estado se relaciona con los ciudadanos.
El segundo déficit es el talento, y tampoco se resuelve formando ingenieros. Solo el 15,2% de los graduados panameños provienen de carreras STEM frente al 23,35% en Colombia. La inversión en investigación y desarrollo representa el 0,16% del PIB cuando el promedio de la OCDE supera el 2,7%. El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA) 2025 asigna a Panamá puntaje cero en desarrollo de capacidades y ubica al país en la posición once entre diecinueve naciones. El problema más grave es el del funcionario que toma decisiones diarias sin evidencia. Una estrategia seria debe fortalecer las capacidades del servidor público en general —no solo los de tecnología— en el uso de IA y en el manejo de datos para decidir con evidencia. Un Estado que no entrena a su propio personal no puede liderar una transformación que justo exige eso. A ello hay que sumar un programa de becas de posgrado en áreas prioritarias con compromiso claro de retorno al país.
El tercer déficit es la infraestructura. Sin capacidad HPC (High-Performance Computing) y GPU local, seguiremos siendo consumidores de tecnología foránea. La estrategia debe responder cómo y con qué presupuesto el país accede a cómputo soberano en cinco años, considerando que la red eléctrica no soporta centros de datos a gran escala y el impacto ambiental que conlleva.
El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA) 2025 lo cuantifica: Panamá obtiene 2,8 sobre 100 en el indicador de estrategia de IA, con puntaje cero en diecisiete subindicadores que incluyen presupuesto, ética, hoja de ruta y perspectiva de género. No por falta de intención, sino de resultado.
Una estrategia que se firma pero no se financia es papel. Una que se financia pero nadie vigila es burocracia. Siendo la Senacyt una entidad adscrita al Ministerio de la Presidencia, es la Secretaría de Metas quien debería verificar públicamente su implementación y reportar avances. El ILIA medirá en 2026 si Panamá pasó de cero a algo concreto.
La primera piedra de este andamiaje no es un modelo de lenguaje: es una base de datos pública y funcional. Sin ese cimiento, el avión más sofisticado del mundo nunca despegará.
La autora es aspirante a la maestría de Gestión de Proyectos de IA Generativa de la Universidad de Salamanca.

