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Templo de la palabra

Templo de la palabra
La Academia Panameña de la Lengua se estableció el 12 de mayo de 1926 en la ciudad de Panamá.

En la Calle 50, epicentro de rascacielos y finanzas, sobrevive un espacio que desafía la lógica del mercado. La Casona de la Academia Panameña de la Lengua (APL) es un faro de soberanía cultural. Mientras el entorno se rige por el valor del metro cuadrado, este recinto se sostiene por el valor del espíritu.

Hay espacios que están fuera de toda lógica mercantil. Nadie está comprando el edificio de la RAE, en el exclusivo barrio de Los Jerónimos, contiguo al Museo del Prado, en Madrid. Nuestra sede, La Casona, octogenaria y de raíces profundas, es un bien invaluable e intransferible. Su aliento está inspirado en las coordenadas del arte de la belle époque.

La función de este espacio no es un accidente. No es un inmueble a la deriva en la ciudad, sino el eje que custodia nuestra memoria bibliográfica. Eleva su jerarquía la Sala Andrés Bello, donde los enseres, textos icónicos y objetos personales del gramático y estadista universal transforman el recinto en una extensión de su pensamiento. En su biblioteca y en sus salones, la lengua es un baluarte vivo de civilización.

Después de cuatro décadas en modo nómada, nuestros antecesores sabios sellaron en 1969 la hazaña de conseguir una morada definitiva. Ni la tormenta política los desanimó. Firmaron entonces el acuerdo: Ricardo J. Alfaro, Baltasar Isaza Calderón, Miguel Mejía Dutary, Ernesto de la Guardia, Ismael García, Rogelio Sinán, Ricardo J. Bermúdez, Gil Blas Tejeira y Rodrigo Miró. Entendían ellos que la integridad del castellano es la integridad de la nación y plantaron bandera antes de la expansión financiera. Llegaron primero en el orden histórico y simbólico.

Habitan en sus espacios las ánimas de Bello, Rufino Cuervo hijo, Darío, Menéndez Pidal y del padre Fabo, animador de la creación de la organización. Pude verificar temprano, desde la segunda mitad del decenio de los 70, que también fue templo para Diógenes de la Rosa, Leonidas Escobar, Stella Sierra, Elsie Alvarado, Tristán Solarte, Meco Fábrega, Guillermo Ros-Zanet, Pablo Pinilla, Dimas Lidio, Franz García de Paredes y Chito Martínez.

Nadie amó tanto La Casona como la profesora Berna Ayala de Burrell. Sobre ella, el diario La Prensa relató: “En el jardín de la Academia, podó, removió, sembró”. Ese jardín, con su fuentecita de piedra que le hizo Quique, su esposo, es la prueba de que el progreso no tiene que ser desalmado.

Nuestros fundadores sacrificaron lo efímero por lo eterno. Eligieron ese hábitat para que la lengua española fuera resguardada como forja de ciudadanía. Al cumplirse el centenario de la institución, el mejor homenaje a quienes han tejido esta historia desde 1926 es la elevación del recinto a una categoría superior.

La declaratoria del edificio como bien cultural y santuario del castellano en Panamá es un acto de justicia y una necesidad patrimonial. Reconocer este espacio como un santuario es afirmar que Panamá posee un núcleo de identidad inamovible e inalienable. La palabra no tiene precio porque es la esencia de nuestra dignidad.

El autor es periodista y filólogo.


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