Bien se dice que la historia se repite: primero como tragedia y después como farsa. Parece que nuestra historia frente al fanatismo y la ceguera respecto a figuras políticas que involucionan en más de lo mismo se ignora cada vez que decidimos dejarles las soluciones de nuestros problemas —incluso aquellos que conciernen a nuestra cultura, identidad y valores— a los políticos. Es necesario aprender a diferenciar entre lealtades y la ceguera que acompaña el desdén de los ciudadanos en lo que concierne a la política doméstica.
Aunque en política nunca habrá sillas vacías, los buenos prospectos políticos prefieren mantenerse alejados de ella, dado que los resultados, elección tras elección, parecen favorecer a los candidatos que mejor saben comprar la conciencia y la dignidad de los ciudadanos. No obstante, este problema va más allá de lo superficial o de simples engranajes sociopolíticos, ya que la participación política activa jamás ha estado realmente fundamentada en nuestra democracia.
La participación política activa de los ciudadanos en el orden democrático es el estado más saludable de involucramiento ciudadano; seguidamente, tenemos las lealtades partidistas, que corresponden a un fenómeno normal en una democracia; y, finalmente, el fanatismo político, es decir, cuando la ciudadanía pierde el juicio crítico frente a las figuras que definen y le dan forma al ejercicio político.
El fanatismo distorsiona elecciones, pero también erosiona la institucionalidad y corroe las decisiones públicas. Este problema se define como la adhesión extrema, irracional e intolerante a una ideología, un líder o un partido, lo que lleva al ciudadano a ser incapaz de aceptar opiniones contrarias y a defender a ciegas y de manera dogmática, ignorando evidencias o reduciendo las complejidades sociales a un pensamiento simplista de “bueno vs. malo”. Esta incapacidad de cuestionar los ideales propios y de justificar de forma automática errores y hechos que representan una continuidad en el deterioro de la democracia refleja la ausencia de pensamiento crítico, lo cual, a la larga, le resta sustancia al debate político y deteriora la calidad del ejercicio político. Implícitamente, la democracia requiere desacuerdos racionales, no unanimidad emocional de personas que, aun sabiendo qué es lo correcto por hacer, deciden ser cómplices de lo habitual.
Un voto basado en identidad, y no en resultados ni propuestas, no es más que destinar de forma egoísta el derecho al sufragio, el cual debe ir acompañado del deber cívico de contribuir al mejoramiento de la República. Aunque dichos votos resulten en la elección de candidatos mediocres e incapaces, el fanático aplaudirá cada una de sus acciones, aun cuando estas lo lleven al precipicio. En la práctica, este tipo de escenarios no significa que dichos políticos hayan sido electos por una mayoría calificada, sino por una mayoría que estaba a la venta. Adicionalmente, los políticos evaden más fácilmente la rendición de cuentas cuando coinciden tres factores: bases altamente fanáticas, instituciones débiles y control del relato público.
La defensa a ciegas de decisiones del Ejecutivo, del Legislativo o de partidos y figuras políticas nos empuja al debilitamiento de la institucionalidad de la nación. En los momentos más críticos de nuestra República, las tradiciones del personalismo, el caudillismo y el partidismo infundado entorpecen cualquier intento de los ciudadanos organizados por poner en marcha movimientos e iniciativas que busquen revertir los daños causados por años de ineficiencia, inestabilidad y corrupción.
Dentro de este contexto, y no existiendo nada más importante que la República misma en el sentido más político de la palabra, el deterioro del debate público y el desencanto de buenos candidatos por la cosa pública imposibilitan los consensos mínimos para políticas públicas, incrementando la radicalización de ideas populistas y la polarización entre ciudadanos.
En Panamá, parece que el fanatismo del electorado emerge más por lealtades que por ideologías políticas. De hecho, es frecuente observar cómo personas que demonizan un ala del espectro político luego aplauden y respaldan a candidatos que, evidentemente, contradicen sus supuestos ideales. Esto no refleja una sociedad históricamente polarizada por ideologías, sino un país clientelar, con rasgos pragmáticos —o incluso utilitaristas— en la forma de abordar los problemas sociales.
En una República en la que no existan conflictos de ideas profundas, sino un tribalismo político superficial, el eslabón final de la colectividad social es la degradación del juicio ético, que justifica lo idealizado y la tolerancia selectiva, y donde el ciudadano deja de ser evaluador para convertirse en un seguidor más. Entonces, ¿el problema es la clase política o la moral del votante? Esto daría para un siguiente escrito, pero vale cerrar con una advertencia: bastaría un valiente del lado de ustedes para salvar la patria, como bastaría un par de cobardes del nuestro para condenarla.
El autor es internacionalista.


