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Semana Santa: la hospitalidad de los pueblos indígenas

Semana Santa: la hospitalidad de los pueblos indígenas
Buena parte de indígenas vive fuera de las comarcas

Cuando vemos venir al hermano desde lejos, debemos acogerlo, recibirlo bien, ofrecerle alimento, porque viene caminando lejos de su hogar. Así nos enseñaban nuestros abuelos y abuelas. Ellos transmitieron estas enseñanzas que recibieron de Ibeorgun y de Giggadiryai. Según la tradición de nuestros mayores, Babdummad se alegra cuando el hermano que llega de lejos es recibido con generosidad y hospitalidad. Esta práctica espiritual forma parte de los valores fundamentales que sostienen la vida comunitaria de nuestro pueblo.

La hospitalidad, por tanto, no es solamente un gesto social; es también una expresión espiritual que manifiesta la relación entre las personas, la comunidad y lo sagrado. En la tradición cristiana encontramos un gesto profundamente significativo que expresa estos mismos valores: el lavatorio de los pies que Jesús realizó durante la última cena. En ese momento, Jesús se presenta como servidor de sus discípulos y les enseña el valor de la humildad, del servicio y del amor al prójimo. El gesto de lavar los pies revela que la verdadera autoridad nace del servicio y no del poder.

Este gesto también tiene resonancias profundas en diversas culturas indígenas. En algunos pueblos andinos, lavar los pies al hermano que llega de lejos es un acto de hospitalidad, respeto y afecto. Simboliza el cuidado hacia el viajero que ha atravesado caminos largos y difíciles. El lavatorio de los pies representa la acogida del caminante, la restauración de su bienestar y la dignificación de su presencia en la comunidad. Es una manera de decirle al visitante que no está solo, que ha llegado a un lugar donde será cuidado y respetado.

En la tradición guna, nuestros abuelos practicaban gestos semejantes de cuidado y hospitalidad. Después de culminar el encuentro espiritual con Babdummad en la casa de Orgun Nega, los visitantes eran llevados a la casa de los anfitriones para realizar el último baño antes de descansar. Por ello, al regresar a la casa, los anfitriones preparaban una pequeña tinaja o una calabaza llena de agua, una semilla que produce jabón natural y una pequeña toalla. Con estos elementos lavaban los pies del hermano que había llegado desde lejos. Este gesto sencillo expresaba una profunda relación de confianza, respeto y fraternidad. Lavar los pies era una manera de decir: “Hermano, aquí está tu casa; este es tu espacio; aquí eres bien recibido”. Nuestros abuelos afirmaban que así nos enseñó Ibeorgun.

De manera semejante, Jesús fue enviado por el Padre para mostrarnos el camino del servicio y de la humildad. El evangelio según Juan (Jn 13, 3-11) narra este gesto como una enseñanza fundamental para la vida de la comunidad creyente. Teólogos latinoamericanos como Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff han señalado que el lavatorio de los pies expresa la vocación de la Iglesia de ponerse al servicio de los pobres y de los pueblos marginados. La Iglesia no está llamada a situarse por encima de los demás, sino a caminar junto a ellos.

En este sentido, las visiones de los pueblos originarios y del cristianismo coinciden profundamente en la espiritualidad del servicio. Ambas tradiciones enseñan que la autoridad verdadera nace del cuidado del otro, de la humildad y del compromiso con la comunidad.

Nuestros antepasados recibieron muchas veces la Buena Noticia en contextos de imposición. Sin embargo, hoy los descendientes de los pueblos indígenas buscamos vivir la fe desde la libertad, promoviendo un diálogo respetuoso entre culturas y espiritualidades. Jesús, a través de la comunidad joánica, nos invita a permanecer en comunión con Él para ser transformados por Dios. Ese Dios que los pueblos llaman con distintos nombres: Babdummad, Ipalnemoani, Wiraqucha, Onorúame, Karagabí, Tatzitzetze, Ngöbö, Nenguiguí, Tjër Di o Sibö.

En esta comunión nace el amor humilde y transformador de Dios. Durante esta Semana Santa también estamos llamados a cuidar la Casa Común, la Madre Tierra, conocida por muchos pueblos como Pachamama, Tonantzin, Ñuke Mapu, Yvy Sy, Nabgwana o Egoró. Ella es la madre de la vida, del bosque y de los ríos. La tierra es el espacio que acoge a todos los pueblos y a toda la creación. Es el verdadero templo donde se manifiesta la presencia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El autor es estudiante de filosofia e historia.


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