Sed de justicia: el olvido de Barú en la crisis del agua

¿Y ahora quién podrá ayudarnos?

Abro el grifo como un ritual diario para empezar el día: nada. No hay agua. Instintivamente giro la llave de la válvula una y otra vez, como si creyera que, al hacerlo, el agua misteriosa saldrá a chorros. Pero no.

Como un chiste mal contado, se ha tejido en el ambiente social una expresión realista a la que algunos ya se han acostumbrado: no hay agua en Puerto Armuelles. Una respuesta irónica a una necesidad fundamental; aunque lo peor es que, con el tiempo, se ha normalizado contestar: “Cosa rara que no haya agua en Puerto…” y, con un sabor amargo de frustración, la vida sigue.

En el país de los mares, las abundantes aguas, el verdor de los bosques y las lluvias torrenciales, falta agua; falta mucha agua en Barú. Y es que, cuando la razón rivaliza con la lógica, se sientan a tomar una taza de café... pero, ¿con qué agua? Entre risas y anécdotas junto al camión cisterna o en la soledad del frío de la madrugada, los trasnochados velan el chorrito de agua que a veces llega y a veces se va. Ya los porteños se han acostumbrado a recoger con sus baldes los suspiros para lavar la ropa, fregar los platos y alistar a los chiquillos para la escuela.

Y no es secreto que esta situación no solo es patrimonio de esta región del país, sino que también es una realidad en otros lugares: cuando llueve, se va el agua; cuando es verano, no hay agua; cuando se va la luz, no hay agua; cuando hay reparaciones de las reparaciones, se va el agua...

Lo sorprendente es que el vital líquido es vociferado por los políticos como un derecho fundamental de todo ser humano; pero en este pequeño rincón del país, el agua aparece como el principal deseo y, al mismo tiempo, como el objeto del olvido de algunos gobernantes.

¿No son mejores los planes de acción que ataquen el problema desde su raíz? Una potabilizadora nueva no es un capricho. Lo cierto es que la actual potabilizadora, cuyos años le pesan, ya es un museo de lo que alguna vez fue una bendición para Barú.

¿Cuánto cuesta una botella de agua en comparación con un vaso de agua fresca servida del grifo? La diferencia, obviamente, es abismal en contraste con las mensualidades que se pagan por el agua, si es que llega regularmente. Entonces, la necesidad de unos es el negocio brillante de otros. No obstante, y dejando de lado la creatividad empresarial, creo que es necesaria la inventiva gubernamental para que la necesidad del pueblo no solo sea calmada, sino que las voces que se ahogan sin agua puedan calmar su sed de justicia.

El autor es profesor y estudiante de derecho


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