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CORPRENSA/7-JUNIO-2022/ROMÁN DIBULET, Ricardo Martinelli del partido RM, se reune con dirigentes del partido Popular y Alianza, para tratar temas de la actualidad política del país

En la Galería Nacional de Retratos del Smithsonian, en Washington, D.C., hay una obra del renombrado artista estadounidense Nelson Shanks (q.e.p.d.). Se trata de un retrato de Bill Clinton en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Shanks confesó que hay un sutil detalle que no encaja del todo en su obra. Se trata de una sombra sobre la chimenea que, a vuelo de pájaro, pasa inadvertida, pero está cargada de un brutal simbolismo.

La sombra es una proyección del vestido azul –ese que tenía el semen de Clinton– que la pasante Mónica Lewinsky guardó como recuerdo de uno de sus 10 encuentros sexuales y que se convirtió en la contundente prueba de que Clinton mintió sobre su relación con la pasante, lo que casi le costó el cargo.

Si en vez de pinceladas yo usara palabras para replicar la metáfora de Shanks sobre el vestido azul de Lewinsky, seguramente serían páginas y páginas manchadas de tinta negra, pues para ver el rostro –el verdadero– del expresidente Ricardo Martinelli habría que buscarlo –literalmente– en medio de la total oscuridad. Hay tanta sombra sobre él, que Shanks habría tenido que buscar otro recurso o, sencillamente, su expresión plástica tendría que haber sido despiadadamente simple: un cuadro sin colores ni luz, como los de Malevitch, que bajo capas de pintura negra de sus célebres obras del mismo matiz, se presume que habían ocultos más colores.

En el sombrío entorno de Martinelli solo hay insignificantes cambios en la tonalidad de sus sombras, porque luz no hay, ni siquiera penumbras. Sus circunstancias terminarán, sin duda, en un vantablack, porque su oscurantismo va en escalada. En 13 años, esas sombras han danzado a su alrededor: escándalos locales e internacionales; declaraciones de odio y prejuicios; falsas promesas; la extradición, juicios y fallos; las confesiones de sus hijos: como padre y presidente, y sus respectivas condenas en Estados Unidos; el dinero sucio de Odebrecht; las pinchadoras y el espionaje; sus crecientes fracasos.

Todo eso lo ha llevado a vivir solo –aunque esté rodeado de gente– y a desconfiar de todos, sin excepción. Y tiene buenas razones para hacerlo, pues amigos no tiene. Quizá socios y compinches... ¡Ah!, y empleados, cuya fidelidad se mide en dólares, en algunos casos, y en miedo, en muchos otros.

Dicen Martinelli y sus secuaces que quienes lo critican lo hacen por odio. No creo que sea así siempre. En mi caso, veo a un enfermo, carcomido por su propia podredumbre; veo a un zombie que dirige como títeres a otros zombies, y veo a un rey Midas con la objetable virtud de convertir el hierro en óxido.

Así que ni odio ni tirria. Lo que genera Martinelli es lástima y miedo, y para otros conveniencia. Los zombies y los títeres deben sentir algo por él, pero dudo que sea algo bueno, porque ni sus hijos. En todo caso, no es algo bueno lo que inspira, ni siquiera para que Shanks lo pintara en un cuadro con ausencia de sombras.


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