En Venezuela está ocurriendo un hecho político que la mayoría de los ciudadanos, por más entusiastas que fueran, daban por descartado: la salida del chavismo, tal cual. Este proceso se da en un contexto de eventos que propician un enjambre de opiniones a favor y en contra. Puede decirse que es un desenlace propio del derribamiento de todos los canales democráticos, luego de abusar del discurso de la democracia mientras se irrespetaban sistemáticamente sus preceptos. No es el mejor desenlace ni el peor: es uno de los posibles cuando desde un poder forzado se hace lo que se quiere y no lo que se debe.
Quiéranlo entender o no, el chavismo va de salida. No vemos cómo pueda escapar de esta coyuntura cuando sus ardides más utilizados ya no tienen cabida: diálogos, pactos, tratados o una oposición prefabricada. Esta vez, el pragmatismo político los tomó por sorpresa y no hay forma de evadirlo. La ideología se fue por el desagüe.
Lo vergonzoso es el tutelaje del gobierno de Trump, que conduciría la administración de la renta petrolera y las relaciones comerciales de Venezuela. Es lamentable que nuestra nación se someta a esta humillación, sencillamente porque nuestros gobernantes y políticos —con pocas excepciones— no han sabido administrar lo que, por riquezas, tamaño y densidad demográfica, es potencialmente uno de los países más ricos del planeta.
Ahora bien, el desesperado plan del chavismo —más esperanza que estrategia— es intentar “capitalizar como propias” las transformaciones económicas, comerciales y financieras impuestas por el tutelaje norteamericano. Ese esfuerzo será irremediablemente inútil: los venezolanos sabemos de qué son capaces y de qué no quienes han administrado el país durante más de un cuarto de siglo.
Por si fuera poco, tememos que el actual tutelaje de Estados Unidos se desarrolle en dos etapas. La primera, la actual, bajo el interinato de Rodríguez, podría extenderse como máximo unos nueve meses, considerando la necesidad de Trump de mostrar resultados consolidados a sus electores de cara a las elecciones parlamentarias de noviembre de 2026. La segunda etapa sería una extensión del interinato poschavismo, de duración indeterminada, ejercida sobre el nuevo gobierno tras procesos electorales legales y legítimos en Venezuela, con el objetivo de garantizar la “transparencia administrativa” y, sobre todo, evitar que el país vuelva a encaminarse hacia alianzas con adversarios estratégicos como China, Rusia o Irán. No mencionamos a Cuba porque asumimos que el castrismo caerá en poco tiempo.
En consecuencia, lo que se entiende es lo siguiente: Trump permitiría —expresión odiosa— que el chavismo se mantenga en el poder para que se autodesmantele de manera paulatina, garantizando la paz. Además, estaría dispuesto a levantar sanciones, liberar activos retenidos internacionalmente y ejercer mecanismos de control para que Venezuela sea entregada en las mejores condiciones posibles.
Ojalá este sea el fin de las ideologías en Venezuela y que, de ahora en adelante, los gobernantes —desde el presidente de la República hasta los concejales— sean vistos como lo que realmente son: empleados públicos obligados a resolver problemas y mejorar la calidad de vida, sin escudarse en excusas.
El autor es politólogo.


