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¿Por qué los pueblos dejan de creer?

Los pueblos no abandonan necesariamente sus ideales; abandonan a quienes los traicionaron.

¿Por qué los pueblos dejan de creer?

Judíos y cristianos compartimos la convicción de que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. De esa verdad nacen la dignidad inherente de toda persona, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, la libertad para elegir, la inteligencia para buscar la verdad y la vocación de vivir en comunidad. Estos dones no solo tienen implicaciones espirituales; también deberían orientar la forma en que organizamos nuestra vida social, económica y política.

Si esto es así, surge una pregunta que merece reflexión: ¿por qué pueblos enteros terminan depositando su confianza en líderes o proyectos políticos que con frecuencia terminan limitando precisamente esos dones?

La respuesta fácil es atribuirlo a la ignorancia, a la manipulación o al populismo. Sin embargo, la realidad suele ser más compleja. En muchos casos, los pueblos no votan impulsados por una ideología determinada, sino por la decepción acumulada tras años, e incluso décadas, de promesas incumplidas.

Los ciudadanos se cansan. Se cansan de escuchar a candidatos que se presentan como servidores públicos y terminan sirviéndose del poder. Se cansan de quienes prometen combatir la pobreza y terminan administrándola; de quienes hablan de transparencia mientras practican la corrupción; de quienes ofrecen igualdad mientras crean privilegios para los suyos; y de quienes invocan valores morales durante las campañas electorales para luego abandonarlos cuando llegan al gobierno.

La corrupción merece una mención especial porque no solo desvía recursos públicos. También destruye algo mucho más valioso: la confianza. Cada escándalo, cada acto de impunidad y cada abuso de poder envían el mensaje de que las reglas no son iguales para todos. Cuando los ciudadanos perciben que quienes gobiernan utilizan el Estado para beneficio propio, la credibilidad de las instituciones comienza a erosionarse.

La decepción destruye la confianza, y la confianza es uno de los pilares fundamentales de toda sociedad libre. Cuando los ciudadanos dejan de creer en quienes los gobiernan, comienzan a buscar alternativas, incluso aquellas que en otro momento habrían considerado impensables. Muchas veces no votan movidos por la esperanza, sino por el cansancio. No eligen necesariamente porque crean en una propuesta, sino porque han dejado de creer en quienes los decepcionaron.

El problema tampoco es exclusivo de la izquierda o de la derecha. El populismo ha encontrado terreno fértil en ambos extremos. Unos prometen soluciones mediante una mayor dependencia del Estado; otros ofrecen prosperidad instantánea sin afrontar las reformas necesarias para alcanzarla. Ambos suelen coincidir en algo: ofrecer respuestas simples a problemas complejos y alimentar expectativas que rara vez pueden cumplir.

Con demasiada frecuencia, tanto gobiernos de izquierda como de derecha han acostumbrado a los ciudadanos a depender del gobierno, a esperar subsidios, favores o dádivas, en lugar de crear las condiciones necesarias para que cada persona pueda prosperar mediante su trabajo, esfuerzo y creatividad. Cuando la ayuda temporal se convierte en dependencia permanente, la dignidad humana termina debilitándose.

Aquí resulta especialmente relevante el principio de subsidiariedad de la Doctrina Social de la Iglesia. Este enseña que las instancias superiores del Estado deben apoyar a las personas, familias y comunidades, pero no sustituirlas en aquello que pueden hacer por sí mismas. El objetivo no es crear dependencia, sino fortalecer la capacidad de cada individuo para asumir responsablemente su propio desarrollo.

Por eso, la verdadera justicia social no consiste en repartir dependencia ni en multiplicar beneficiarios de programas gubernamentales. Consiste en generar oportunidades. Consiste en ofrecer educación de calidad, seguridad jurídica, acceso al empleo, instituciones confiables y condiciones que permitan a las personas desarrollar plenamente los talentos que Dios les ha concedido.

Sin embargo, sería injusto atribuir toda la responsabilidad a los gobernantes. La Doctrina Social de la Iglesia también nos recuerda que los derechos van acompañados de deberes. Con frecuencia exigimos honestidad a nuestros líderes, pero somos más tolerantes con las pequeñas corrupciones cotidianas, con el clientelismo, con el favoritismo o con la indiferencia frente a los asuntos públicos. Una sociedad difícilmente podrá producir dirigentes virtuosos si ella misma deja de valorar la virtud.

La democracia no se fortalece únicamente con mejores leyes o instituciones. También se fortalece cuando los ciudadanos asumen su responsabilidad de participar, informarse, exigir rendición de cuentas y actuar con coherencia. Los pueblos terminan pareciéndose, en cierta medida, a los valores que premian y a las conductas que toleran.

Quizás la pregunta correcta no sea por qué algunos pueblos apoyan determinadas ideologías. Tal vez debamos preguntarnos cuántas veces quienes prometieron defender la libertad, la justicia, la verdad y la dignidad humana terminaron traicionando esos principios con sus acciones.

Los pueblos pueden tolerar errores. Lo que rara vez perdonan es la hipocresía.

Dios nos creó con inteligencia para reconocer la verdad, con libertad para elegir el bien y con conciencia para distinguir entre ambos. La política cumple su misión más noble cuando protege esos dones y los pone al servicio del bien común. Cuando la política deja de servir a la persona humana y comienza a servirse de ella, la confianza se rompe. Y cuando la confianza se rompe, los pueblos buscan nuevos caminos, no siempre porque hayan encontrado mejores respuestas, sino porque dejaron de creer en quienes les fallaron.

El autor es empresario, consultor y Caballero de la Orden de Malta.


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