En un momento de la historia de la humanidad en el que parece que el canibalismo amenaza con imponerse, con pseudolíderes belicosos, todopoderosos y con ansias de poner en marcha la maquinaria feroz de la guerra con todo su horror, resulta necesario refugiarnos en esa otra parte de nosotros, la más humana, la más íntima y personal, la única capaz de recordarnos lo privilegiados que somos entre todas las criaturas de la existencia.
Frente al uso de fuerzas desmedidas, a la violación de los derechos civiles y a las acciones que ponen en peligro la dignidad humana, debemos convocar la música, la plástica, la danza, la simple contemplación y, especialmente, la poesía. No reduzca esta idea al simplismo de afirmar que un verso no detiene un misil. Claro que no lo hace. Pero en los momentos de angustia, la poesía se convierte en refugio: en el monte que Martí quiso que lo amparara, en el cuartel de invierno en el que cree Luis García Montero, o en la huida del mundanal ruido de fray Luis de León.
Consuelo de los oprimidos y verdadera fuente de esperanza, la poesía posee un efecto balsámico. Consoló a Rosalía de Castro en la hora de su muerte, acompañó a Machado en sus soledades, sanó a sor Juana Inés de la Cruz; dio paz a Miguel Hernández antes de partir, embriagó de esperanza a nuestro Demetrio Herrera Sevillano y purificó el dolor más hondo de Gabriela Mistral, esa chilena universal.
Es difícil precisar cuándo el uso funcional del idioma dejó de ser suficiente para el ser humano antiguo y este recurrió a la alegoría, la metáfora, la literariedad y la connotación. Cómo se produjo la plasticidad de las lenguas que permitió tal transformación sigue siendo materia de investigación. De lo que sí existen mayores certezas es que, tanto en aquellos tiempos como en los contemporáneos, la angustia, la desesperación y la vehemente necesidad de subsistir propiciaron la presencia de la poesía, aun cuando ella misma, misteriosa y esquiva, no nos permita definirla ni encerrarla en cifras, como diría otro de sus grandes cultores.
En estos momentos oscuros, invoquemos la poesía y todo lo que ella implica, porque, entre otras cosas, nos recuerda lo que somos por encima de todo: seres humanos.
El autor es escritor y docente.

