‘Pax Silica’: oportunidad estratégica para Panamá

Capitalizar la Ley Chips demanda repensar nuestro valor estratégico más allá del Canal y modernizar nuestra infraestructura y capital humano para competir en la nueva “economía del silicio”.

‘Pax Silica’: oportunidad estratégica para Panamá
La fabricación de las láminas u obleas de silicio requiere de miles de pasos. / Getty Images

Durante el siglo XX y principios del XXI, el Canal de Panamá fue el eje logístico indiscutible de la Pax Americana, facilitando el comercio global de bienes físicos y consolidándose, con orgullo, como el puente del mundo. Sin embargo, hoy el tablero geopolítico ha experimentado una mutación irreversible. Ya no se trata únicamente de cuántos buques cruzan nuestras esclusas, sino de quién controla la tecnología que mueve al mundo. Hemos entrado de lleno en la era de la Pax Silica, un nuevo orden mundial dictado por los semiconductores, el procesamiento de datos y la inteligencia artificial.

La pregunta ineludible que debemos hacernos es: ¿qué papel jugará Panamá en esta nueva revolución industrial?

El término Pax Silica (derivado del silicio, el material base de los microchips) define el poderío geopolítico y económico sostenido por el dominio tecnológico. En este complejo escenario, los microchips son el nuevo petróleo. Las tensiones globales por el control de la cadena de suministro, sumadas a las vulnerabilidades evidenciadas durante la pandemia, han desencadenado el fenómeno del nearshoring (la reubicación estratégica de líneas de producción hacia países aliados). Esta coyuntura abre una ventana de oportunidad histórica e irrepetible para nuestra región.

Panamá recibió un espaldarazo crucial y un voto de confianza cuando el Gobierno de los Estados Unidos nos anunció como socio estratégico bajo su Ley Chips (Chips Act), con el objetivo de diversificar la cadena global de semiconductores. No fuimos elegidos por casualidad. Nuestra privilegiada conectividad marítima y aérea, sumada a un activo invaluable —nuestra robusta red de cables submarinos de fibra óptica, por donde transita gran parte de la información del continente—, nos posicionan como el puente digital natural de las Américas.

Sin embargo, esta brillante oportunidad exige un severo realismo. Pasar de mover contenedores a participar activamente en el ecosistema de ensamblaje, prueba y empaque de semiconductores (el proceso ATP) requiere capacidades institucionales que hoy no tenemos plenamente desarrolladas. Para hacer la transición de un hub logístico tradicional a un actor de peso en la Pax Silica, necesitamos ejecutar tres transformaciones críticas:

Un salto cuántico en educación (STEM: Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). La industria de semiconductores no requiere estibadores; exige ingenieros mecatrónicos, programadores, especialistas en materiales y técnicos bilingües. Nuestro sistema educativo actual, lamentablemente rezagado en ciencias, matemáticas e inglés, es el principal cuello de botella. Necesitamos forjar alianzas agresivas entre el Estado, la academia y gigantes tecnológicos para formar el talento del mañana.

Seguridad jurídica y Estado de derecho. El capital de alta tecnología es extremadamente adverso al riesgo y a la incertidumbre. La burocracia excesiva, la falta de transparencia y la arraigada cultura del “juega vivo” ahuyentan las inversiones multimillonarias. Instalarse en este ecosistema requiere reglas del juego claras, ágiles e inmutables a largo plazo, que garanticen plena confianza al inversionista extranjero.

Infraestructura energética impecable. La manufactura tecnológica avanzada y los centros de datos demandan un suministro de energía constante, limpia y a costos competitivos. En la delicada industria de los microchips, una simple fluctuación de voltaje en la red eléctrica puede arruinar semanas de producción de componentes altamente sensibles, causando pérdidas incalculables.

La competencia está en el vecindario. Por ejemplo, Costa Rica nos lleva más de dos décadas de ventaja sostenida en la exportación de servicios de alto valor agregado y la manufactura de dispositivos médicos y tecnológicos. La competencia continental por atraer las megainversiones y los fondos del nearshoring será feroz.

Hace un siglo, nuestras esclusas garantizaron nuestra vigencia en la Pax Americana. Hoy, la geografía física ya no basta. En la Pax Silica, la relevancia estratégica de Panamá no se medirá solo por los buques que unen dos océanos, sino por nuestra capacidad de integrarnos a las cadenas globales de alta tecnología. El Canal seguirá siendo vital, pero exige complementarse con un ecosistema de conocimiento e innovación. La geopolítica actual exige pragmatismo: o damos el salto cualitativo hacia esta nueva economía, o corremos el riesgo de quedar rezagados como una infraestructura del pasado en un mundo gobernado por el silicio.

El autor es analista de relaciones internacionales y asuntos de seguridad multidimensional.


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