A lo largo de su devenir histórico, los países de América Latina y el Caribe nunca se han caracterizado por su uniformidad de condiciones en lo social, ni mucho menos por su unidad de criterio en lo político. Al coincidir en orígenes, realidades socioeconómicas, amenazas externas y aspiraciones comunes, han sido numerosos los intentos regionales promovidos con el fin de constituir un frente multilateral que permita la realización, a todos los niveles, de intereses compartidos.
Tras dos siglos de buenas intenciones, el progreso en esa dirección sigue siendo débil, lento y precario. Como consecuencia, en el contexto mundial actual —cargado de incertidumbre y cada vez más impredecible— se distingue una lamentable y preocupante realidad: como bloque, como conjunto de Estados, nuestros países han dejado de actuar con su inercia característica para ir todavía a menos, quedando ahora política y moralmente paralizados.
Desde antes, durante y después de los hechos ocurridos el pasado 3 de enero en Venezuela, entre tantos ejemplos, los Estados latinoamericanos y caribeños han demostrado ser meros espectadores de las grandes decisiones que afectan a los actores regionales. A la fecha, ni siquiera han propuesto algo que refleje su voluntad conjunta de participar en la eventual reconstrucción de la democracia y la economía venezolanas. Pesa demasiado la división causada por el antagonismo ideológico y comercial entre nuestros países, una fractura que no hace sino profundizarse.
Ninguna de las entidades multilaterales regionales —las cuales dependen, a su vez, de la voluntad política de sus Estados miembros— ha dado un paso adelante para hacer de esa reconstrucción uno de sus objetivos. En el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) se leyeron en su momento enfáticos discursos, dignos de encomio, acerca de la situación venezolana. Pero transcurridas varias semanas desde el 3 de enero, esos discursos son lo más lejos a lo que la OEA y sus Estados miembros han llegado. Todos parecen mantenerse a la espera de conocer cuáles serán las directrices que, sin mayor discusión, emanen de la Casa Blanca sobre el futuro de Venezuela, sus nacionales y sus riquezas naturales.
Incluso uno de los factores que al menos mantenía cohesionada a una mayoría de países —el no reconocimiento de un gobierno venezolano nacido de elecciones fraudulentas— queda ahora en entredicho. Desde Washington se ha nombrado a una jefa de misión en Caracas ante ese mismo gobierno, reconociéndole de facto la legitimidad política y diplomática antes denegada.
Es cierto que la inacción multilateral no es exclusiva de los organismos de América Latina y el Caribe. La reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, celebrada la semana pasada, quedó inmersa en las divergencias entre Estados Unidos, Canadá, Dinamarca y el resto de Europa. Groenlandia y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) relegaron los diálogos sobre temas económicos, financieros y tecnológicos a un segundo plano claramente marginal. La atención local y mundial se concentró en las incógnitas sobre el futuro de la isla del Ártico, tanto como en el porvenir mismo de la OTAN.
Pero mientras el foro en Davos se convertía en una arena geopolítica, en Washington no se perdía el tiempo. El pasado 23 de enero, el Pentágono anunció la llamada Estrategia Nacional de Defensa de Estados Unidos de 2026, complementaria de la Estrategia de Seguridad Nacional publicada seis semanas atrás. Al igual que en el documento anterior, en este nuevo se enfatiza el interés geopolítico en el Hemisferio Occidental como un área en la que se aglutinan los intereses estratégicos de Estados Unidos y los esfuerzos del Pentágono.
El Canal de Panamá es mencionado cinco veces en esta Estrategia, todas en paralelo con Groenlandia: “Garantizaremos acceso militar estadounidense y comercial a terrenos clave, especialmente el Canal de Panamá … y Groenlandia”. El texto agrega: “Nos comprometeremos de buena fe con nuestros vecinos, desde Canadá hasta nuestros socios en Centro y Sudamérica, pero nos aseguraremos de que ellos respeten y cumplan su parte para defender nuestros intereses compartidos. Y donde no lo hagan, estaremos listos para tomar acciones enfocadas y decisivas que avancen concretamente los intereses de Estados Unidos. Este es el Corolario Trump a la Doctrina Monroe, y el ejército estadounidense está listo para hacerla cumplir con velocidad, potencia y precisión, como el mundo vio en Venezuela”.
El multilateralismo regional no está funcionando, precisamente ahora, cuando Panamá y el Canal más lo necesitan.
El autor es abogado y doctor en Derecho Internacional.


