Panamá vive una paradoja económica innegable. Somos el país con la mayor ventaja geográfica de América Latina: contamos con el Canal interoceánico, una plataforma logística de clase mundial, una zona franca históricamente reconocida, puertos conectados con todos los continentes y una posición estratégica que la mayoría de los países envidiarían. Sin embargo, pese a todo ello, nuestra industria de transformación sigue siendo débil, limitada, casi inexistente, si se compara con nuestro verdadero potencial económico.
Durante décadas hemos descansado en el sector servicios. Es cierto: este modelo ha permitido crecimiento económico y reconocimiento internacional. Pero ha sido un crecimiento concentrado, desigual, poco generador de empleo industrial y con escasa capacidad de arraigar oportunidades en las provincias. El resultado es el país que hoy vemos: una economía que crece en cifras, pero que no logra distribuir bienestar y desarrollo territorial.
Mientras tanto, Costa Rica, nuestro vecino, con menos ventajas logísticas, pero con una clara política de Estado a largo plazo, ha desarrollado una industria de transformación robusta, diversificada y competitiva. Hoy exporta productos procesados, tecnología médica, alimentos profundamente transformados y recibe inversión que genera empleo de altísima calidad. Panamá, en contraste, sigue importando gran parte de los bienes procesados y continúa enviando materias primas con poco valor agregado. No porque no podamos hacer más, sino porque no hemos decidido hacerlo.
Los números son claros. El sector manufacturero representa apenas alrededor del 5% del Producto Interno Bruto panameño, muy por debajo del promedio global. Aunque la industria total (incluyendo construcción) ronda el 26% del PIB, esto no se traduce en cadenas industriales sólidas ni en exportaciones de alto valor. A pesar de que en 2025 Panamá alcanzó cifras récord en exportaciones, superando los $750 millones entre enero y septiembre, gran parte de ello sigue desvinculado de la consolidación de una verdadera base industrial nacional.
Es aquí donde Panamá enfrenta una decisión histórica: continuar siendo una economía dependiente casi exclusivamente de servicios o convertirse en una nación industrial moderna, competitiva, descentralizada y generadora de empleo digno.
Hoy tenemos en nuestras manos una oportunidad que podría redefinir el rumbo del país: la construcción del tren desde la ciudad de Panamá hasta la frontera con Costa Rica. Esta obra, que algunos ven únicamente como un proyecto de transporte, puede —si existe voluntad política— convertirse en la columna vertebral del nuevo modelo productivo panameño.
El tren no debe concebirse únicamente para movilizar personas o turismo. Debe convertirse en la arteria económica que conecte zonas industriales, polos productivos, parques tecnológicos y centros agroindustriales a lo largo de su recorrido. Cada estación del tren debe ser planificada como un nodo de desarrollo, no como una simple parada.
España ya demostró que este modelo funciona. La Comunidad de Madrid desarrolló polígonos industriales estratégicamente ubicados alrededor de su infraestructura ferroviaria y carretera, logrando descongestionar su centro urbano, impulsar empleo en zonas periféricas y atraer inversión internacional. Ciudades como Zaragoza, con su plataforma logística PLAZA, se convirtieron en referentes europeos de integración entre tren, industria y exportación.
México ofrece otro ejemplo contundente. El desarrollo de corredores industriales vinculados a su red férrea permitió impulsar zonas antes rezagadas económicamente. Región tras región se transformó, articulando industria automotriz, maquiladora y de ensamblaje alrededor del tren. El resultado fue empleo, tecnología, exportación y competitividad real.
China y Colombia también han apostado por modelos similares. China convirtió estaciones ferroviarias en epicentros productivos, mientras que Colombia ha desarrollado zonas francas e industriales conectadas a corredores logísticos que han dinamizado economías regionales. La República Dominicana transformó regiones enteras mediante zonas económicas especiales que generaron empleo, exportación y valor agregado.
Panamá puede aprender de estas experiencias. Y no solo aprender: puede superarlas.
Propongo la creación del Corredor Industrial Ferroviario Panamá–Costa Rica, una estrategia de Estado que trascienda gobiernos y coyunturas políticas, que entienda que el desarrollo industrial no se improvisa: se planifica, se ejecuta y se sostiene en el tiempo.
Cada estación del tren debe convertirse en un parque industrial planificado, con infraestructura moderna, acceso a energía, agua, educación técnica y condiciones reales para que la industria florezca. No hablamos de bodegas; hablamos de clústeres industriales definidos por vocación regional.
Chiriquí debe convertirse en el corazón agroindustrial: lácteos, horticultura avanzada, alimentos procesados. Veraguas, Herrera y Los Santos pueden liderar la producción cárnica, de bebidas, granos y bioproductos. Coclé puede consolidarse como polo de manufactura ligera y ensamblaje. Panamá Oeste y Panamá Centro pueden albergar industria tecnológica, farmacéutica y logística avanzada.
Para ello es indispensable declarar Zonas Económicas Especiales Industriales, pero no como simples espacios con exoneraciones fiscales, sino como ecosistemas económicos responsables que exijan empleo nacional, formación técnica, transferencia tecnológica y articulación con universidades y centros educativos.
Este es también un llamado político. Señor Presidente de la República, señores diputados provinciales: este proyecto no es solo un sueño económico. Es una obligación moral con el país. No se trata de gastar más, sino de invertir mejor. Se trata de descentralizar oportunidades, de romper con décadas de centralismo económico y de garantizar que un joven en Chiriquí, Herrera o Veraguas tenga futuro sin abandonar su provincia.
Panamá no tiene por qué escoger entre ser un hub logístico o una nación industrial. Puede y debe ser ambas cosas. Tenemos el talento humano, la ubicación estratégica, la infraestructura logística y, ahora, la oportunidad histórica de articularlo todo a través de una columna vertebral ferroviaria que conecte regiones, industrias y sueños nacionales.
La historia no premia a los gobiernos que administran el presente. Premia a los que se atreven a construir el futuro. Este tren puede ser una obra más… o puede ser el inicio del Panamá industrial, competitivo, humano, descentralizado y justo que nuestra gente merece.
La pregunta ya no es técnica. Es política. ¿Tenemos la voluntad de hacerlo? Panamá está listo. El momento es ahora.
El autor es exdirector de La Prensa

