En artículos anteriores planteamos la conveniencia de establecer un Plan País para Panamá que, impulsado desde el sector privado a través de CADES-Panamá, enfrente los ajustes estructurales que la economía requiere: simplificar la tramitología, desmantelar el proteccionismo y diversificar una economía donde el 80% del PIB depende del sector terciario de servicios. En este tercer pilar proponemos complementar y diversificar el modelo actual hacia sectores con mayor valor agregado y capacidad de generar crecimiento orgánico sostenible y empleo formal —algo que el sector servicios ya no logra con suficiente tracción para absorber la fuerza laboral disponible ni reducir la informalidad estructural que afecta a más de un tercio de los trabajadores panameños.
El economista Albert O. Hirschman demostró que el crecimiento sostenido no surge de la abundancia de recursos ni de la simple llegada de inversión, sino de los encadenamientos que esa inversión genera. Cuando una industria compra insumos a proveedores locales —backward linkages— activa otros sectores. Cuando su producción sirve de insumo para otra industria —forward linkages— la cadena de valor se extiende. La escalera se construye así: cada peldaño genera los vínculos que hacen posible el siguiente y, con ellos, nuevas oportunidades de empleo y crecimiento genuino.
Ciudad Juárez, 1966. Una empresa ensambla televisores junto a la frontera. Los componentes llegan de Asia; los trabajadores mexicanos los unen y los regresan al norte. El margen es pequeño, pero la empresa paga salarios, forma operarios y enseña control de calidad. Para una ciudad sin opciones industriales, ese galpón es el primer peldaño.
México subió esa escalera con disciplina de política pública. La maquila fue el inicio: empleo masivo, capacitación técnica e inserción en cadenas globales. Los encadenamientos hacia adentro eran débiles —el valor agregado local no llegaba al 10%—, pero ese peldaño construyó el capital humano sin el cual el siguiente paso hubiera sido imposible. El segundo peldaño lo construyó la política: en 1962 el presidente López Mateos firmó el Decreto Automotriz exigiendo hasta 60% de contenido nacional. Volkswagen produce en Puebla desde 1964; Nissan fabricó el primer Datsun Bluebird en 1966. No era libre comercio: era el Estado convirtiendo la teoría de Hirschman en decreto, obligando a que la inversión comprara localmente y formara proveedores mexicanos. En 1994, el TLCAN multiplicó todo lo anterior. El resultado: México es hoy el 7mo productor de automóviles del mundo, la industria automotriz representa el 4.5% del PIB, genera más de un millón de empleos y el 31% de las exportaciones totales. La lección no es ninguno de los peldaños por separado: es la escalera completa, construida con paciencia y visión de largo plazo.
Panamá subió su primer peldaño hace 75 años. La Zona Libre de Colón fue una innovación extraordinaria para su época, pero el modelo de 1948 pareciera haber tocado techo: las transacciones cayeron hasta un 40% entre 2012 y 2016, la mercancía transita prácticamente sin activar proveedores locales, y la paradoja más elocuente del país es que la provincia que alberga la segunda zona franca más grande del mundo sigue siendo la segunda más pobre de Panamá. Colón demuestra que flujo sin encadenamiento no es desarrollo: es tránsito. Sin embargo, ya hay señales de lo que puede hacerse: empresas de la ZLC importan medicamentos a granel desde Asia y Europa, los reempacan localmente y los distribuyen a Centroamérica y el Caribe, pavimentando un segundo peldaño como hub farmacéutico. Ese es exactamente el modelo para emular y escalar.
El pilar 3 del Plan País sugerido propone tres iniciativas concretas para subir al tercer y cuarto peldaño.
La primera es reformar el régimen EMMA para que toda empresa que manufacture en la ZLC u otra zona económica especial suscriba un plan vinculante de encadenamiento local: comprar a proveedores panameños y formar técnicos que permanezcan en el país. La distinción es fundamental entre la IED de enclave —donde la riqueza transita sin arraigarse— y la IED con encadenamiento —donde cada dólar invertido activa nuevos proveedores y eleva la productividad del tejido empresarial circundante—. La diferencia entre la maquila pura y la industria automotriz mexicana es exactamente esa.
La segunda es crear Zonas Agroindustriales 4.0 en Chiriquí, Coclé y Panamá Este, certificadas con energía 100% renovable, que utilicen inteligencia artificial para optimizar cosechas y blockchain para trazabilidad y contratos inteligentes de exportaciones. El objetivo: que el pequeño productor de café, cacao, piña o maracuyá acceda a mercados premium en Europa y Norteamérica, que pagan precio diferenciado por producto procesado y certificado de origen trazable, mientras se activan backward linkages hacia comunidades rurales y forward linkages hacia la industria global de alimentos saludables —uno de los mercados de mayor crecimiento en la economía internacional—.
La tercera es convertir Panamá Pacífico en el hub regional de Logística 4.0, con inteligencia artificial y blockchain aplicados a las cadenas de suministro que transitan por el Canal y los puertos. El forward linkage es inmediato: servicios de optimización logística exportados a más de 170 países. El backward linkage es estratégico: demanda acelerada de talento técnico en programación, análisis de datos e IA, formado en el ITSE y las universidades panameñas con el acompañamiento de expertos internacionales.
Panamá tiene todo lo que México tardó décadas en construir: tratados de libre comercio firmados, puertos de clase mundial, el Canal, conectividad global, régimen fiscal competitivo y estabilidad macroeconómica. Tiene el primer peldaño sólido y la mano de obra lista para ser capacitada. Lo que falta es la decisión de seguir subiendo: exigir que la inversión construya hacia adentro y ejecutar esa visión con la coordinación público-privada que CADES-Panamá, con su comité técnico de diversificación productiva, estaría en posición de liderar.
La escalera de Hirschman no se sube sola. Se construye con política, voluntad y cooperación. Panamá tiene el camino pavimentado para recorrer en años lo que otros tardaron décadas. La oportunidad es ahora. No aprovecharla no es una opción.
El autor es economista, con maestría en Blockchain & Fintech.

