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Panamá ante la nueva seguridad energética: ¿por qué no ir más allá?

Panamá ante la nueva seguridad energética: ¿por qué no ir más allá?
Posible ruta del gasoducto del Canal.

La energía —y, más aún, su distribución— atraviesa un momento decisivo. El mundo actual exige una redistribución de la energía, donde la seguridad de suministro pesa tanto como el precio o la eficiencia. La lección es clara: no basta con que una ruta esté abierta; debe ser confiable en todo momento. Y cuando esa confianza se debilita, los sistemas deben adaptarse.

Panamá ya ha dado un paso importante al explorar un corredor energético interoceánico. Sin embargo, la magnitud del momento exige una pregunta inevitable: ¿por qué no ir más allá?

La propuesta actual, enfocada en hidrocarburos como propano o butano, es un buen punto de partida. Pero el verdadero desafío global —y la verdadera oportunidad— está en el gas natural a gran escala. No como un proyecto complementario, sino como una infraestructura estratégica de primer nivel: un gasoducto transístmico de alta capacidad, capaz de movilizar volúmenes significativos de gas entre el Atlántico y el Pacífico.

Este tipo de infraestructura no solo reduce tiempos de tránsito, sino que crea algo más valioso: certeza. Y, en el mundo actual, la certeza energética tiene un valor alto y plenamente justificable.

Aquí es donde Panamá puede redefinir las reglas del juego.

En lugar de asumir deuda o comprometer recursos públicos, el país puede estructurar el proyecto bajo un modelo distinto: financiamiento total por parte de los usuarios finales. Japón, Corea del Sur, India, Indonesia y Vietnam —grandes consumidores de gas natural— tienen tanto la necesidad como la capacidad de invertir en infraestructura que garantice su propio suministro. A través de consorcios internacionales y contratos de largo plazo, estos países pueden financiar el corredor, utilizarlo y, al mismo tiempo, recuperar su inversión mediante el uso continuo del sistema.

En este esquema, Estados Unidos se perfila como el proveedor natural de ese gas, gracias a su amplia capacidad de producción y exportación. Esto no solo fortalece la viabilidad del proyecto, sino que integra al hemisferio en una cadena energética más segura, eficiente y alineada con los intereses de productores y consumidores.

Panamá, por su parte, aporta lo que nadie más puede ofrecer: ubicación, conectividad y estabilidad. A cambio, recibiría ingresos por transporte, almacenamiento, servicios logísticos y todo el ecosistema económico que se genera alrededor de un nodo energético de esta magnitud.

Este modelo no es teórico. Es la evolución natural de cómo se financian los grandes proyectos energéticos en el mundo: la demanda asegura el flujo, y el flujo paga la infraestructura.

Además, el desarrollo de este corredor no sustituye el Canal de Panamá; lo fortalece. El tránsito de buques metaneros continuaría, ahora complementado por una capacidad adicional que reduce presión, aumenta flexibilidad y posiciona al país como un eje energético global, no solo comercial.

Por supuesto, el reto técnico es significativo. Un gasoducto de gran escala exige estándares de ingeniería de primer nivel, materiales adecuados, diseño robusto y ejecución impecable. Pero ese reto es manejable con la participación de empresas especializadas y bajo normativas internacionales estrictas.

Lo que no se puede ignorar es la oportunidad.

El mundo busca rutas seguras. Está dispuesto a pagar por ellas y a financiar soluciones que reduzcan su exposición al riesgo.

Si bien ya se ha avanzado en la dirección correcta, corresponde ahora tomar la decisión de convertir ese esfuerzo en el corredor energético más importante del hemisferio.

En un sistema global donde la energía define la estabilidad, el país que garantiza su flujo no solo participa del mercado: se vuelve indispensable.

El proyecto no necesita convencer al mundo; necesita demostrarle que le conviene.

El autor es ingeniero electromecánico.


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