A muchos, quizá, no nos agrada el Conejo Malo. Tal vez no nos guste su música, tal vez no entendamos su estilo o simplemente no conectemos con lo que representa. Y está bien. El gusto musical no es obligatorio ni uniforme. Pero reducir lo ocurrido en el Super Bowl LX a si canta bien o mal es perder de vista lo esencial.
La actuación de Bad Bunny no fue solo un espectáculo de medio tiempo. Fue una declaración. Un acto de presencia. Un mensaje claro y frontal: aquí estamos los latinos, hablamos español y no pedimos permiso para existir en los escenarios más grandes del mundo.
Fue uno de los momentos de mayor visibilidad para un artista latino en la historia reciente del Super Bowl, cantando mayoritariamente en español, sin traducciones ni concesiones. En un evento seguido por más de cien millones de personas, el idioma español dejó de ser un invitado ocasional para convertirse en protagonista. Eso, guste o no, es un hito cultural.
El escenario fue una celebración de la identidad puertorriqueña y, por extensión, latinoamericana. No hubo artificios vacíos: hubo símbolos. Caña de azúcar, bodegas, mesas de dominó, piraguas, una casa humilde convertida en epicentro del espectáculo. Todo cuidadosamente pensado para contar una historia que no suele contarse en prime time. Una historia que muchos prefieren ignorar.
El mensaje incomodó a algunos. No faltaron las críticas por “divisivo”, por “político”, por no ser “apto para todos”. Pero quizá el problema no fue el contenido, sino el espejo. Un espejo que obligó a ciertos sectores a ver una América distinta a la que idealizan: una América mestiza, bilingüe, migrante, orgullosa de sus raíces.
Y es aquí donde el tema nos toca más de cerca. Ojalá ese orgullo latino que vimos en el escenario se nos contagiara a muchos panameños. Ojalá dejáramos de vernos como distintos entre nosotros mismos, como si el acento, el origen o el barrio nos separaran más de lo que nos une. Compartimos una franja de tierra bendecida en medio del continente, una posición geográfica única, pero también una herencia común: idioma, historia, luchas y sueños.
A veces pareciera que nos cuesta asumirnos como parte de algo más grande. Nos fragmentamos, nos miramos con recelo, olvidando que formamos parte de un continente que habla español, que canta, que resiste y que sigue abriéndose espacio donde antes solo había puertas cerradas.
Bad Bunny no representó a todos los latinos ni pretendió hacerlo. Representó, con honestidad, a los suyos. Y en ese gesto, millones se sintieron vistos. El reguetón, tan criticado y tantas veces menospreciado, demostró su poder global no solo como género musical, sino como vehículo cultural.
El Super Bowl LX pasará a la historia no por haber gustado a todos, sino por haber empujado límites. Porque recordó que la representación importa, que el orgullo no se traduce y que la identidad no se negocia.
Tal vez no te guste el Conejo Malo. Tal vez nunca pongas una de sus canciones. Pero sería mezquino no reconocer que, esa noche, llevó el orgullo latino a un escenario donde muchos no se atreven. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho decir.
El autor es estratega en tecnología, innovación y transformación digital.


