Algunas personas vemos a los monumentos como testimonios materiales de la historia de un país, pero lamentablemente hay mucha gente que no los ve así. Hoy nos detenemos a hacer una reflexión sobre lo que ocurre en Panamá.
Terminando el año, casi como símbolo de un enrevesado 2025, fuimos sacudidos por noticias turbulentas que nos narraban que, en horas de la noche, un grupo de personas demolió, a golpe de martillo, el monumento construido en el mirador al pie del Puente de las Américas, erigido por la comunidad china para conmemorar su presencia centenaria en el istmo y honrar la memoria de miembros de su comunidad que participaron en la construcción del Ferrocarril del Istmo. Años después, comunidades como la de los antillanos, gallegos, italianos y otras más vinieron a participar en la construcción del Canal de Panamá, dando origen al crisol de razas que distingue a esta nación y configurando el perfil característico de nuestra identidad colectiva.
Y hablando de monumentos, es importante señalar que desde los albores de la civilización los seres humanos hemos construido monumentos, ya sea en piedra, metal, mármol u otros materiales, para testimoniar diferentes pasajes de la historia de los pueblos: sus proezas, valores, creencias religiosas y grandes acontecimientos, o para recordar a sus héroes, entre otros motivos. En la antigüedad, las estelas mesopotámicas o los templos griegos celebraban el poder de los dioses y de los reyes, mientras que en América precolombina los sitios arqueológicos, como Barriles, en Chiriquí, o el Cerro Juan Díaz, en el Pacífico panameño, registran la organización social, las creencias y el arte de civilizaciones desaparecidas. En ellos se funden la historia y el mito, la ciencia y el símbolo.
Los monumentos han sido mucho más que construcciones de piedra, metal o mármol. Son depositarios de la memoria colectiva, testimonios tangibles de las luchas, logros y aspiraciones de los pueblos. Desde las pirámides de Egipto hasta las estatuas contemporáneas erigidas en plazas urbanas, cada monumento narra una historia que trasciende generaciones y ancla la identidad cultural en el espacio y el tiempo.
Panamá, por su ubicación estratégica y su papel en la historia mundial, conserva monumentos que reflejan tanto su diversidad cultural como su búsqueda de soberanía. Las ruinas de Panamá Viejo, fundadas en 1519, son el testimonio más antiguo de la presencia europea en el litoral pacífico americano y, a la vez, del mestizaje que dio origen a la nación. El Casco Antiguo, reconstruido tras el saqueo de Henry Morgan en 1671, simboliza la resiliencia de un pueblo que se rehace ante la adversidad. El monumento a los Mártires del 9 de Enero de 1964 honra a los jóvenes que ofrecieron su vida por una soberanía nacional plena.
Tenemos monumentos que reflejan no solo el liderazgo y heroísmo de individuos, sino también las etapas de un proyecto republicano en constante construcción, porque la memoria no es estática y las plazas y parques se convierten en espacios de reflexión y de encuentro, como lo es, por ejemplo, en la ciudad capital, la Plaza Porras, que, a la vez que honra al tres veces presidente Belisario Porras, quien construyó las bases del Panamá de hoy, cumple un rol de encuentro, de protesta y de afirmación colectiva.
Por ello, la conservación de nuestros monumentos requiere un compromiso colectivo, puesto que un pueblo que los pierde, pierde parte de su identidad.
Hago aquí un llamado a nuestras autoridades nacionales y municipales para que no dejen morir nuestros monumentos y, como ejemplo, menciono una vez más dos casos: el de los Mártires de Enero y el de la Plaza Porras, que languidecen y son objeto de vandalismo, ya que se encuentran huérfanos de padre y madre, abandonados y sin protección alguna.
Protegerlos no es un acto de nostalgia, sino de afirmación: significa reconocer que la historia compartida es el cimiento de la cohesión social. Cuidarlos, interpretarlos y transmitir su significado es un deber patriótico y un ejercicio de memoria viva. En ellos se entrelazan el pasado que nos formó y el futuro que aspiramos a construir como pueblo y colectividad.
La autora es Directora Ejecutiva de la Fundación Belisario Porras.

