En un país donde los ciudadanos tienen por hábito actuar con integridad, el desarrollo es el resultado inevitable de cualquier proyecto que se proponga como meta común.
Una sociedad que requiera tener un policía al lado de cada ciudadano para evitar que tire basura en los ríos, haga caso omiso de las reglas de manejo y circulación, respete las áreas privadas y públicas, o simplemente para que sea respetuoso y empático con su prójimo, está condenada al fracaso.
Las señales de que una sociedad ha perdido los valores son muchas, y muy claras.
Y los resultados son evidentes.
Un país que va de crisis en crisis no es algo que se genere de la noche a la mañana. Resulta de un proceso de descomposición social y ciudadana sistemática, de la mano de las malas políticas promovidas por malos líderes o autoridades.
Históricamente, nuestro querido país ha sido gobernado por pequeños grupos, no por ideologías y menos por valores. Esos grupos siempre han tenido intereses particulares que no difieren, aunque los grupos sean diferentes. En otras palabras, los grupos que gobiernan se “pelean” con quienes les hacen dizque oposición, pero no por razones ideológicas ni por intereses sociales.
La razón de que los grupos gobernantes se enfrenten es simplemente determinar a quién le toca subir y a quién le toca dar plomo, en un carrusel vergonzoso y terrible para el país, que no parece tener fin.
Luego de décadas de ver a la misma gente subirse al carrusel, finalmente nos estamos dando cuenta de que lo que llamamos proceso electoral no es otra cosa que la fiesta privada en la que la ciudadanía les paga los boletos a los mismos para que se suban a dar vueltas, mientras que los que estaban arriba bajan, pero vuelven a quedar de primeros en la fila.
Jamás va a cambiar nada para el país mientras sean los mismos los que suben y bajan.
Y eso es culpa del electorado, que decide dejarse engañar por la misma gente. ¿En qué cabeza cabe que alguien que tiene casi tres décadas en el hemiciclo, con un conocido historial chanchullero, vaya ahora, décadas después, a cambiar el rumbo?
La normalización de lo malo ha llegado a tal punto que la población se escandaliza con el director de un equipo y le exige resultados, pero ve como algo tolerable la interminable fila de escándalos que involucran a funcionarios y exfuncionarios públicos, a quienes se les permitió tomar decisiones sobre fondos del Estado y lo hicieron, pero de manera fraudulenta para beneficio personal. ¡A esos no se les exige nada!
Delincuentes condenados son referentes de opinión en gestión estatal en un país donde se ha perdido la brújula de la identidad nacional y de la decencia, y hemos adoptado el manual del saqueo al Estado como una norma de comportamiento esperada para altos miembros del aparato gubernamental.
Seamos serios. Los buenos ciudadanos existen y han tratado de incursionar en la gestión pública, pero el electorado ha preferido escuchar las mismas falsedades de siempre y elegir a su villano favorito, para luego culpar al director de la selección nacional de todo lo malo que sucede en el país.
Mientras no les exijamos resultados y transparencia a quienes viven de lo que se tributa con el esfuerzo de aquellos que sí trabajan, la normalización de lo malo nos hará creer que somos rehenes de los políticos, cuando son ellos nuestros empleados.
La normalización de lo malo nos trata de hacer creer que alguien cuyo campo de estudio son las letras sabe solucionar un problema meramente científico.
El civismo es un valor ciudadano. A ver cuándo recordamos ejercerlo, por nuestro país, por el agua y por la paz.
El autor es escritor.

