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Los hijos imitan lo que ven, no lo que decimos

Los hijos imitan lo que ven, no lo que decimos

Hace unos días escuché a mi vecina gritarles a sus hijos con tanta fuerza que incluso yo, desde mi habitación, terminé sobresaltada. No era una discusión. Era una descarga. Y me quedé pensando en algo que muchas veces preferimos no cuestionar: ¿en qué momento normalizamos que los adultos descarguen sus frustraciones sobre los niños?

Ser padre o madre es difícil. Eso nadie lo discute. Hay días largos, trabajos agotadores, preocupaciones económicas, estrés acumulado. La vida adulta pesa. Y muchas veces llegamos a casa cansados, irritados y sin energía emocional para nada más. Pero nuestros hijos no son el lugar donde debería caer ese peso. Los niños aprenden observando, mucho más de lo que aprenden escuchando.

Un niño que crece viendo gritos aprende a gritar. Un niño que ve violencia aprende que la violencia es una forma válida de relación. Un niño que presencia humillaciones aprende que el poder se ejerce lastimando.

Hace poco ocurrió algo que me hizo reflexionar aún más. Una de mis hijas vio cómo una niña pateaba a un gato mientras su madre lo permitía. Mi hija, impulsivamente, le dijo a la mujer: —¿Usted cree que educar así a su hija es correcto? El animal no le hizo nada. La reacción de la madre fue molestarse y pedirle que no se metiera. Más tarde hablamos en casa. Le expliqué a mi hija que, tristemente, no todos somos educados de la misma manera. También le dije que entender eso no significa aceptar el daño como algo normal. Porque cuando un niño aprende a lastimar a un animal sin empatía, no está aprendiendo solo eso. Está aprendiendo algo mucho más profundo: cómo relacionarse con los seres más vulnerables.

Y entonces vuelve la gran pregunta que como sociedad debemos hacernos: ¿cómo queremos que la educación transforme el mundo si no estamos dispuestos a educar primero en casa?

Existe una frase que incomoda a algunos, pero que sigo creyendo profundamente: los valores se enseñan en el hogar. La escuela enseña matemáticas, ciencias, historia y lenguaje. Pero el respeto, la empatía, la compasión y la conciencia moral nacen en la familia.

Los maestros acompañamos ese proceso, pero no podemos reemplazarlo. No podemos enseñar respeto a un niño que crece viendo desprecio. No podemos enseñar empatía a un niño que presencia violencia. No podemos enseñar límites a un niño que solo conoce gritos.

La educación empieza mucho antes del primer día de clases. Empieza en la manera en que hablamos, en cómo tratamos a otros, en cómo controlamos nuestras emociones y, sí, incluso en cómo tratamos a los animales.

Tal vez no podamos construir una sociedad perfecta. Pero sí podemos decidir qué modelos dejamos frente a los ojos de nuestros hijos. Porque ellos no aprenderán del discurso. Aprenderán de lo que ven cada día. Y lo replicarán.

La autora es maestra y escritora.


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