Durante años, la juventud ha sido señalada por involucrarse poco en temas cívicos y políticos. Entre los principales argumentos esgrimidos, destaca su baja participación en los comicios electorales, con relación a otros grupos etarios. Aunque esta situación es señalada como peligrosa para la democracia, no se percibe como una prioridad que debe ser atendida.
Los jóvenes son excluidos como candidatos a cargos de elección popular. Pese a que las personas entre 20 y 44 años representan el 57% de la población mundial en edad de votar, según datos de la Unión Interparlamentaria (UIP), solo 26% ocupan cargos legislativos. De hecho, a nivel mundial los menores de 30 años representan únicamente el 1.9% de las plazas parlamentarias. Se piensa que estos espacios deben ser ocupados por gente con experiencia, de modo que, debido a su supuesta limitada pericia, el joven es sistemáticamente relegado. A menudo se expresa: “Pero es que le falta calle”.
Tomando en consideración el potencial de este grupo de incidir en el quehacer cívico, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ha implementado diversas estrategias, como la campaña “No demasiado joven para ser candidato”, con el fin de generar en la juventud el deseo de involucrarse y postularse a cargos de representación, intentando disminuir la discriminación por edad.
Ante la complejidad del escenario de participación política, las personas tienen a su disposición otros medios para expresar su militancia cívica. El activismo no convencional es un ejemplo claro de accionar para la juventud. La participación en manifestaciones, marchas, protestas, redes, redacción de artículos e, incluso, el involucramiento directo en la solución de un problema comunitario, se presentan como tendencias que inspiran a trascender el solo ejercicio del voto.
En nuestro país, el activismo no convencional de la juventud es el resultado de buscar solucionar problemas que afectan a todos los grupos etarios. Según datos del Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales AIP de Panamá (CIEPS) para 2019, los jóvenes entre 18 y 29 años consideraban como principal problema la educación (25.1%), la inseguridad (24.3%) y la corrupción (14.4%). Durante la pandemia, la corrupción pasó a ocupar el primer lugar de la lista.
Debido a la puesta en práctica de diversas formas de activismo no convencional en Panamá, la juventud ha ganado protagonismo y simpatía. Esta tendencia los ha inspirado a apoyar o crear nuevas agrupaciones encaminadas a promover la participación política, capacitar activistas y formar líderes con miras a incorporarse como candidatos a cargos de elección popular.
Como consecuencia del sentimiento de frustración que causan los procesos políticos convencionales y el cinismo de algunas figuras, el rol de la juventud destaca con un rasgo de compromiso cívico diferente: la coherencia entre el discurso y la acción. Resaltan en el planteamiento de cuestiones éticas y sociales, generalmente animados a expresar sus propias opiniones, escucharse unos a otros y explorar una variedad de perspectivas diferentes. Como resultado, no solo son capaces de mejorar sus conocimientos y habilidades, además atraen e inspiran a más ciudadanos para actuar como agentes autónomos, capaces de desarrollar una acción cívica y política de manera efectiva.
En Jóvenes Unidos por la Educación consideramos que la juventud es la gran protagonista de los cambios, como da cuenta la historia panameña. Reconocemos que se requiere el uso correcto de los espacios para generar estos cambios, incluyendo, pero no limitándonos, a los campos políticos disponibles. Es necesario el conocimiento y comprensión de la política, el pensamiento analítico, la conciencia cívica, la responsabilidad y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Son estas competencias las que permitirán que se tomen medidas acertadas con relación a los problemas nacionales e internacionales.
El compromiso político de los jóvenes está en constante cambio. Hay muchos motivos para ser optimistas, pues la juventud es cada vez más consciente de su papel como agentes de cambio y como ciudadanos con igualdad de derechos. En el presente están tomando espacios como protagonistas. Sus voces no necesitan intermediarios, pues pueden ser representadas por ellos mismos.
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación

