Durante medio siglo, la política latinoamericana funcionó como un péndulo: el votante castigaba al oficialismo y se pasaba al otro lado. La marea rosa de los 2000, encarnada por Lula, Kirchner, Morales y Correa, fue su versión más nítida, un giro a la izquierda contra las élites del ajuste neoliberal. Era alternancia, no ruptura. Ese mecanismo murió, y lo que lo reemplazó no es un giro a la derecha, como insiste la lectura perezosa, sino algo más profundo: la región está partida en dos mitades casi idénticas que ya no votan para llevar la contraria, sino para derrotar a un adversario que perciben como una amenaza.
Ningún caso lo ilustra mejor que Brasil. En el apogeo de la marea rosa, Lula ganó la segunda vuelta de 2002 por veintidós puntos y la de 2006 por veintiuno; en 2022, ese mismo Lula retuvo el poder por apenas 1,8 puntos, el resultado más estrecho desde el retorno a la democracia. No cambió el candidato, cambió la naturaleza del voto. El patrón se repite donde hay competencia real: Honduras 2025 se decidió por 0,74 puntos, y en Perú la segunda vuelta que se cuenta en estos días terminó en empate técnico, 50,10 contra 49,90 por ciento, con hasta el último voto definiendo al ganador. Colombia encara el 21 de junio un balotaje entre dos extremos irreconciliables tras una primera vuelta de 43,7 contra 40,9. Cuando los resultados se concentran en torno al cincuenta por ciento, el péndulo ha dejado de oscilar: se ha clavado en el centro.
La tentación es leerlo como polarización ideológica. La evidencia apunta a otra cosa. María Victoria Murillo, politóloga de la Universidad de Columbia, sostiene que son las élites las que usan “estrategias polarizantes” para captar a un electorado descontento, más que un reflejo de mentes clasificadas en izquierda y derecha. Lo que se ha endurecido no es el programa, sino la identidad: el “nosotros contra ellos”. Bolivia 2025 lo demuestra: ganó Rodrigo Paz, un centrista, derrotando a la derecha dura de Jorge Quiroga. Si la división fuera ideológica, ese resultado sería inexplicable. No lo es, porque el voto hoy es antisistema y afectivo, no doctrinario.
Tres fuerzas sostienen esta fractura. La primera es mecánica: el balotaje, pensado para legitimar a ganadores minoritarios, se ha vuelto una máquina de empates, porque comprime una primera vuelta fragmentada en una segunda, donde se vota contra algo, no a favor de nada. La segunda es el colapso del centro: el votante perdió sus anclas partidarias, lo que Noam Lupu, de la Universidad de Vanderbilt, llama “dilución de marcas”, y con ellas la moderación. En Colombia, el uribismo tradicional se desplomó al siete por ciento mientras Abelardo de la Espriella se alzaba; en Perú, treinta y cinco candidatos se repartieron la primera vuelta y los nulos superaron al más votado.
La tercera fuerza, la más subestimada, es generacional y de género. En el balotaje argentino de 2023, el 68 por ciento de los hombres de entre 16 y 30 años votó por Javier Milei, frente al 27 por ciento de las mujeres de la misma edad: una brecha de cuarenta y un puntos. Las redes encerraron a hombres y mujeres jóvenes en universos políticos separados, y esa división, una vez fijada, sostiene resultados partidos en dos durante una generación.
Las excepciones confirman la regla. El Salvador y México no están polarizados porque dejaron de ser democracias pendulares: se volvieron sistemas de partido dominante, con Bukele y Morena arrasando sobre oposiciones pulverizadas. Esa es la disyuntiva silenciosa de la región: inestabilidad del cincuenta-cincuenta o estabilidad hegemónica con contrapesos cada vez más débiles. La marea rosa prometió una tercera vía y no la cumplió. Lo que dejó no es un péndulo que volverá a oscilar, sino una sociedad partida que ya no recuerda cómo era votar por algo en lugar de contra alguien.
El autor es analista de datos.

