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La siesta: ese deporte olímpico no reconocido

La siesta: ese deporte olímpico no reconocido
Ilustración elaborada con asistencia de ChatGPT

La siesta es una de las pocas actividades humanas que unen a ricos y pobres, sabios y brutos, estudiantes y congresistas. Porque uno podrá discutir de política, religión o fútbol, pero nadie rechaza una buena dormidita después del almuerzo. La siesta no discrimina. La siesta democratiza.

Los expertos la definen como un descanso breve que ayuda a recuperar energía y mejorar la concentración. Mentira. La verdadera definición de siesta es: “cerrar los ojos cinco minutos y despertarse desorientado, creyendo que uno perdió el año, el trabajo y el matrimonio”.

La siesta tiene, además, un componente cultural. En países calientes, después del almuerzo el cuerpo entra en un estado espiritual extraño. La sangre abandona el cerebro y se va directamente a pelear contra el arroz, los frijoles, el pollo guisado y el jugo de maracuyá. Ahí no hay productividad que aguante.

Los estudiantes son expertos mundiales en esta disciplina. Hay alumnos capaces de dormirse con un ojo abierto mientras el profesor explica ecuaciones imposibles. Algunos desarrollan técnicas avanzadas: sostienen el lápiz para fingir apuntes mientras, en realidad, están soñando que ya se graduaron y viven en Dubái. Otros pegan el famoso “cabezazo olímpico”, ese movimiento brusco donde el cuello traiciona al cuerpo y la cabeza cae como coco maduro sobre el pupitre. Y lo peor es que siempre ocurre en completo silencio… hasta el golpe.

Pero si existe un templo sagrado de la siesta, ese es el Congreso. Ahí la siesta ya no es descanso: es patrimonio nacional. Hay congresistas que se duermen con tanta elegancia que parecen estatuas meditativas. Cierran los ojos “para reflexionar profundamente sobre el futuro del país”, aunque el país sospecha que están soñando con viáticos y escoltas.

Lo admirable es la capacidad de dormir sentado, con cámaras apuntando y micrófonos abiertos. Eso ya no es cansancio: es un don sobrenatural. Algunos ni siquiera disimulan. Apoyan el mentón sobre la mano y entran en una fase REM legislativa mientras otro compañero habla durante cuatro horas sobre un proyecto que nadie leyó.

Los trabajadores de la construcción también manejan la siesta con sabiduría ancestral. A las doce del día, bajo un sol que derrite hasta los pensamientos, cualquier sombra se convierte en un hotel cinco estrellas. Un bloque de cemento sirve de almohada, una carretilla parece un sofá reclinable y un costal doblado tiene más valor que un colchón ortopédico. Son siestas rápidas, eficientes y profundas: cierran los ojos diez minutos y despiertan como celulares recién cargados.

Los ejecutivos tampoco se salvan. El famoso “power nap” no es más que una siesta disfrazada en inglés para que parezca importante. Porque si un obrero duerme quince minutos, dicen que está cansado. Pero si un ejecutivo duerme quince minutos en una oficina con vidrio oscuro, entonces está “optimizando procesos neuronales para mejorar el rendimiento corporativo”. La misma dormida, pero con corbata.

Y después están los obreros y trabajadores que regresan a casa en bus. Esa sí es una siesta de alto riesgo. Dormirse en transporte público requiere una confianza absoluta en Dios y en el conductor.

Hay personas que se quedan dormidas apoyadas en la ventana con una paz interior admirable, mientras el bus parece una licuadora industrial pasando huecos.

Otros desarrollan una habilidad increíble: dormir sin pasarse de la parada. Nadie sabe cómo funciona ese mecanismo. Van profundamente dormidos, babeando incluso, pero el cuerpo detecta automáticamente el barrio y despierta exactamente donde deben bajarse. La NASA debería estudiar eso.

La siesta, en conclusión, no es pereza. Es resistencia humana. Es una tregua entre el cuerpo y las obligaciones. Porque la vida adulta cansa, estudiar cansa, trabajar cansa y escuchar discursos políticos cansa el doble.

Y aunque muchos quieran satanizarla, la verdad es que la humanidad sería mucho más agresiva sin ese pequeño milagro de cerrar los ojos unos minutos. De hecho, sospecho que muchas guerras se habrían evitado si los involucrados hubieran dormido media horita después del almuerzo.

El autor es ingeniero retirado.


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