Hace unos días, cuando se anunció la decisión del gobierno de permitir el procesamiento del material rocoso ya extraído en Cobre Panamá, lo primero que vino a mi mente no fueron cifras ni debates políticos, sino los rostros de la gente de Donoso y de las comunidades vecinas. Familias que, desde el cierre de la mina, han tenido que ajustarse hasta el último agujero del cinturón.
Las cifras suenan frías: cuatro mil empleos que podrían activarse pronto. Pero detrás de cada puesto hay un padre o una madre que vuelve a llevar dinero a la casa. Hay jóvenes que dejaron de preguntar “¿y ahora qué?” y empiezan a imaginar un oficio. En las primeras mil vacantes se anotaron sesenta mil personas. Más que un número, es hambre de trabajo y de dignidad; es el deseo de mirar a los hijos a los ojos y decirles que sí hay camino.
El cierre de la mina no solo apagó máquinas. Apagó esperanzas. Miles de familias cayeron en la pobreza de golpe. Jóvenes tuvieron que emigrar, dejando a sus padres solos. En las casas se instaló el estrés, la preocupación que no deja dormir y problemas de salud porque el dinero no alcanza ni para lo básico. El desempleo así de fuerte no es solo falta de sueldo: es frustración acumulada, familias que se quiebran y un futuro que se oscurece para quienes se quedan.
He conversado con proveedores locales, con técnicos que quedaron sin empleo, con gente que vio cómo se apagaba la actividad en Colón y Coclé. Mientras discutimos si la minería es buena o mala, ese material rocoso ya extraído sigue expuesto a la lluvia y al sol. Si se abandona demasiado tiempo, puede empezar a liberar ácidos que afecten ríos y suelos. No es teoría: lo advierten los técnicos. Procesarlo de manera controlada no significa reabrir la mina como antes. Es manejar lo que ya está ahí, con la infraestructura existente, para evitar un problema mayor mañana como quien tapa una gotera antes de que se convierta en inundación.
Lo que golpea es que el debate se vuelve tan ideológico que se olvida a la gente de carne y hueso. Las comunidades que vivieron del proyecto ahora ven cómo sus jóvenes se van o se quedan sin opciones. El desarrollo sostenible no puede ser solo palabras en un papel: debe significar cuidar el ambiente sin hundir a las familias, generar trabajo digno y fortalecer a los pequeños proveedores panameños. Esta medida puntual permite justamente eso: mitigar riesgos ambientales mientras se reactiva la economía local de manera responsable. No es escoger entre pan o río, sino aprender a cuidar ambos.
He visto el entusiasmo cuando se abre una vacante. He escuchado a madres decir que por fin el hijo podrá ayudar en la casa. Esas historias no aparecen en los titulares grandes, pero son las que de verdad mueven al país. Dejar ese material como un problema abandonado no ayuda a nadie. Actuar con responsabilidad técnica, generando empleo y reduciendo riesgos, sí puede marcar una diferencia real para miles de hogares.
No pretendo que todos estén de acuerdo. Pero invito a mirar más allá de las posiciones extremas. A preguntarnos qué hacemos con ese material acumulado mientras tantas familias siguen luchando por llegar a fin de mes. La respuesta no está en eslóganes, sino en decisiones pragmáticas que pongan al panameño común en el centro: su trabajo, su salud, su futuro y el de sus hijos.
Porque, al final, ni la roca acumulada ni los discursos llenan la mesa. Lo que sostiene al país es que sus familias puedan comer cada día con la frente en alto y la certeza de que no han sido olvidadas.
El autor es empresario y comunicador.


