El problema de la educación en Panamá no se limita a su ley octogenaria. En algún momento, la Ley 47 Orgánica de Educación de 1946 fue un pilar fundamental del sistema educativo nacional y su normativa, en parte visionaria, pasó por sucesivos decretos que la modificaron; y pese a todo, el problema persiste.
Hay un tema educativo que se menciona en la Ley y que es sumamente importante y, sin embargo, poco atendido: la lectura. En esta discusión todos tenemos que leer, desde la propia Ley hasta distintos tipos de documentos. La lectura y la escritura son fundamentales para participar en el debate de la reforma educativa.
La lectura y la escritura se mencionan en la Ley de 1946 como destrezas técnicas y herramientas de alfabetización básica. El artículo 301 señala que el Ministerio de Educación debe fomentar en los primeros grados de enseñanza las “destrezas fundamentales de lecto-escritura…”.
Creo que la educación nacional no ha fracasado al enseñar el alfabeto en los primeros grados, pero existe un serio problema con la lectura en sí misma. Si los jóvenes no entienden lo que leen y no saben escribir bien, menos van a hacer un uso correcto de la lengua hablada.
El artículo 135 indica que el Ministerio de Educación velará por el enriquecimiento de la lengua oficial y estimulará la creación de diversas modalidades de “expresión oral y escrita”. Añade además la creación de condiciones para que los escritores nacionales compartan sus experiencias literarias con los estudiantes. Estos artículos parecen escritos en la arena. Existe un divorcio entre la educación y la buena literatura, y no es de ayer.
Este problema plantea la interrogante de cómo la intervención de la Ley puede hacer que la lectura, la escritura y la oralidad sean entendidas como prácticas socioculturales transversales, prioritarias para un aprendizaje de calidad. Por lo tanto, la reforma de la ley no solo debe actualizar métodos, sino redefinir el sentido de la palabra oral y escrita en la construcción de la ciudadanía panameña.
La ley vigente se centra en el “dominio de la lectura y la escritura” como un fin en sí mismo desde los primeros grados. Sin embargo, la lectura y la escritura no pueden ser una preocupación exclusiva de esos niveles. Para convertirse en verdaderos instrumentos de conocimiento que ayuden a consolidar ideas de libertad y pensamiento crítico, deben gravitar permanentemente en toda la vida escolar y trascender a otros escenarios. Por eso deben crearse las condiciones culturales pertinentes, que hoy no existen, y no es porque no haya políticas.
Lo que nos hace falta es la articulación entre los sectores de cultura y educación. Ambos son ecosistemas complejos en sí mismos; trabajar desde islas no ha servido para nada. El problema merece un abordaje sistémico desde el Estado, porque la lectura, la escritura y la oralidad no son solo competencias académicas, sino derechos culturales y humanos inalienables.
Para cerrar las brechas educativas y culturales es menester una estructura de gobernanza participativa que permita que las decisiones se tomen de forma horizontal y no vertical. A nivel operativo, la articulación interinstitucional permitirá conectar orgánicamente la biblioteca escolar con la biblioteca pública —olvidadas y empobrecidas durante años—, creando nodos de aprendizaje y convivencia.
Proponemos al Meduca y a la Comisión de Educación, Cultura y Deportes de la Asamblea Nacional pensar en la forma de consolidar, como política de Estado y en el marco de la Ley que se pretende reformar, un Plan Nacional de Lectura, Escritura y Oralidad, que escuche las voces y necesidades de los territorios y las identidades, respaldado por normas legales que se respeten y se cumplan.
Mientras el Meduca se encarga de integrar la alfabetización en el currículo escolar y fortalecer las bibliotecas escolares, el Ministerio de Cultura puede dinamizar los espacios comunitarios desde la Red de Bibliotecas Públicas como terceros espacios de encuentro. Esta sinergia posibilitará que el proceso de formación de lectores no se agote en la escolaridad formal, sino que se convierta en un proceso de aprendizaje a lo largo de toda la vida y en todos los escenarios.
Finalmente, proponemos que un plan nacional de lectura, escritura y oralidad integral sea incorporado desde sectores no tradicionales, como salud, medio ambiente y ciencia, porque la lectura está implícita en la vida cotidiana y, si reconocemos la transversalidad de la cultura escrita y su valor social, comenzaremos a ver cambios en la educación.
Otra vez: durante estos días en que se estará discutiendo la reforma de la Ley de Educación, ni una sola persona podrá prescindir del uso de la lectura, la escritura y la palabra oral. Y es por eso que debemos poner estas habilidades en el corazón de la ley, como componentes centrales de los derechos culturales y la libertad. Actualizar la ley de 1946 bajo estas premisas permitirá que Panamá pase de un sistema educativo centrado en la instrucción vertical a uno centrado en la formación humana integral.
El autor es escritor.

