En los últimos días he recibido en la consulta a varios jóvenes que vienen a aplicarse vacunas y a pedirme que llene los formularios para ingresar a prestigiosas universidades en el exterior. Jóvenes brillantes, con planes claros, respaldados por familias que les dieron todas las condiciones para llegar hasta ahí. Eso me alegra profundamente y me llena de orgullo porque los he visto crecer. Pero luego abro las noticias y no puedo ser indiferente a lo que pasa en la comarca, en los albergues, en los barrios donde otro joven de la misma edad está muy lejos de poder imaginar esa realidad. Y entonces me pregunté: ¿cuánto de lo que logramos tiene que ver con nosotros, y cuánto con la red que nos sostuvo?
¿Saben cómo se llama crecer en una casa con agua corriente, tener una cama donde dormir, comida disponible todos los días, que tus papás trabajen, festejen tus cumpleaños, ir a la escuela sin poner en riesgo tu vida y no tener que trabajar antes de los 18 años?
Lo resumo en una palabra: privilegio.
No lo digo para culpar a nadie. Lo digo porque si no lo nombramos, no lo vemos. Y si no lo vemos, confundimos lo que recibimos con lo que merecemos.
A veces me pregunto si nuestros hijos saben cuánto de lo que tienen llegó antes de que ellos pudieran hacer nada para ganárselo. Eso no les quita valor. Les da perspectiva.
Cuando la escuela no enseña lo que necesitan, cuando mamá sale a trabajar a las cuatro de la mañana para que haya comida, cuando el barrio es peligroso y no hay a quién preguntarle cómo se llena una solicitud de beca, no se trata solo de cuánto se esfuerza ese joven. El esfuerzo importa, pero el esfuerzo solo no alcanza.
Hay jóvenes que se esfuerzan todos los días y están muy lejos de poder sostener sus sueños. No es falta de perseverancia. Es falta de red.
Detrás de cada logro hay una trama: personas que creyeron en nosotros, instituciones que funcionaron, condiciones que nos permitieron intentarlo. Nadie llegó solo. Nadie.
Como mamá y pediatra, me pregunto qué les estamos enseñando a nuestros hijos cuando solo les contamos la parte del esfuerzo y nunca la parte de la red que nos sostuvo. Cuando les decimos “si quieres, puedes” sin agregar “pero también tuviste condiciones para intentarlo”.
Un hijo que crece entendiendo su privilegio no se vuelve menos ambicioso. Se vuelve más agradecido, más empático y más capaz de tender la mano. Un hijo que cree que todo lo que tiene es solo producto de su mérito se convierte en un adulto que no comprende por qué otros no llegaron.
Enseñarles a nuestros hijos a ver la red que los sostiene es también enseñarles a querer sostener a otros. Es el primer paso para reconstruir una promesa compartida de progreso que no dependa solo del lugar donde se nace.
Ese reconocimiento comienza en casa, en la mesa, en la conversación honesta sobre quiénes somos y por qué estamos donde estamos. Porque la enseñanza más poderosa que podemos darles a nuestros hijos no es la de sus logros. Es la del amor que los hace capaces de ver y ayudar a otros.
La autora es pediatra.

