Panamá ya sabe lo que se siente. Lo vivimos en 1997, en 2014 y otra vez en 2023: cuando las lluvias faltan, el país entero lo resiente. La energía se encarece, el agua escasea y hasta el Canal, nuestra principal carta económica, se ve forzado a operar con el freno de mano. Sin embargo, cada vez que pasa el susto, volvemos a la rutina como si no fuera a repetirse. Y se repite.
El primer frente vulnerable es el eléctrico. Una sequía prolongada reduce los embalses y los ríos que alimentan nuestras hidroeléctricas, y obliga al sistema a recostarse cada vez más sobre la generación térmica. Eso significa más combustibles fósiles, mayor exposición a precios internacionales que no controlamos y, en consecuencia, un Cargo por Variación de Combustible (CVC) que termina llegando, sin avisar, a la factura eléctrica de cada hogar y empresa.
No es solo un tema de costos. Una matriz que pierde su componente hidroeléctrico también pierde flexibilidad. El sistema se vuelve más rígido, más caro de operar y más frágil, precisamente cuando la demanda aprieta. En un mundo donde los mercados energéticos se mueven por guerras, decisiones de la OPEP y choques que ocurren a miles de kilómetros, depender más de lo térmico no es una opción neutral: es un riesgo económico que asumimos como país.
No hace falta imaginarlo. El 9 de abril de 2014, ante la caída de los embalses, el Gobierno ordenó apagar el aire acondicionado entre las 11:00 a.m. y las 3:00 p.m. en instituciones públicas y empresas privadas. Una medida pequeña en apariencia, pero reveladora: un fenómeno climático puede llegar a dictar el horario laboral del país. Si esa lección no se traduce en estrategias permanentes de eficiencia y resiliencia, tanto en el Estado como en el sector privado, estaremos condenados a improvisar otra vez.
Y la energía es solo una parte del problema. La sequía golpea también el agua que bebemos y el agua que mueve al Canal. En 2023 lo vimos con crudeza: el Lago Gatún bajó al punto de obligar al Canal a recortar tránsitos diarios y reducir el calado de los buques. En paralelo, el Lago Alajuela, que abastece a la potabilizadora de Chilibre —una de las principales plantas de tratamiento del país—, también registró una caída importante en sus niveles, lo que se tradujo en baja presión y desabastecimiento en amplios sectores de la ciudad capital y zonas aledañas. Un mismo evento climático, tres frentes golpeados a la vez: energía, consumo humano y logística internacional.
Esa simultaneidad es el dato importante. No estamos hablando de inconvenientes aislados, sino de un punto de quiebre en el que tres sistemas críticos se tensan al mismo tiempo. Y todo apunta a que volverá a ocurrir. Los fenómenos de El Niño son cíclicos y, según la comunidad científica, el cambio climático los está haciendo más intensos. La pregunta no es si tendremos otra sequía severa, sino cuándo.
Lo razonable, entonces, es dejar de tratar la preparación hídrica y energética como una respuesta de emergencia y empezar a verla como una política de Estado. Eso implica fortalecer la diversificación de la matriz energética, con más renovables no hidráulicas, almacenamiento y eficiencia; asegurar nuevas fuentes de agua antes de que la próxima sequía las haga indispensables; y respaldar las medidas que el Canal ya está adoptando frente a los cambios climáticos.
El Niño no es un imprevisto. Es un viejo conocido que toca la puerta cada cierto número de años. La diferencia entre sufrirlo y administrarlo está en lo que hagamos durante los años intermedios, cuando todavía llueve y la sensación de urgencia se diluye. Justamente como ahora.
El Niño debe encontrarnos preparados.
El autor es especialista en el sector eléctrico.


