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La mente más allá de las etiquetas

La mente más allá de las etiquetas
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Cuando hablamos de salud mental, pensamos en diagnósticos, síntomas o trastornos. Pero, antes de todo eso, vale la pena preguntar: ¿qué es la mente?

Durante mucho tiempo entendimos la mente como algo moral o incluso espiritual, separado del cuerpo. Hoy entendemos que es un proceso (o conjunto de procesos) en constante cambio y que permite integrar nuestra experiencia —emociones, pensamientos, sensaciones— y relacionarnos. Así, podemos responder de manera conectada a lo que vivimos, sin quedarnos en la impotencia.

La mente no es estática; ocurre momento a momento; y sentir es la base desde la cual interpretamos lo que vivimos. Sentimos incluso antes de poder ponerle palabras a lo que nos pasa. Como plantea el biólogo chileno Humberto Maturana, sentir precede a pensar, algo así como “siento y luego existo”. Es por esto que podemos olvidar o no pensar en algunas cosas, pero de alguna manera quedan en nuestro cuerpo (hombros tensos, inquietud, apatía). Cuando la integración de los procesos mentales se pierde, entonces aparece el malestar —mental y corporal—.

El trauma emocional es un ejemplo claro de esto. Las experiencias difíciles no solo se recuerdan a nivel mental, sino también corporal. El cuerpo, de alguna manera, “lleva la cuenta”. Por eso, no todo se resuelve solo entendiendo lo que pasó.

Otra idea importante es que la mente no es completamente individual, sino que se construye en relación con otros. Un ejemplo extremo sería cuando un niño crece sin contacto humano; no desarrollaría lenguaje ni una mente como la conocemos. Necesitamos de otros para organizarnos internamente. La mente se forma, en gran parte, a partir del vínculo con otros.

En esa línea, Maturana planteaba que los seres humanos existimos en la relación, y que amar —en un sentido amplio— tiene que ver con aceptar al otro. Puede sonar simple, pero la verdad es que muchas experiencias de sufrimiento tienen que ver con no sentirse visto, aceptado o incluido. Esto lo pasamos por alto: muchas veces sufrimos porque necesitamos algo que no está siendo satisfecho. Si pudiéramos hacerlo mejor o satisfacer esa necesidad, lo haríamos.

Las necesidades humanas son biológicas y sociales: necesitamos pertenecer, ser reconocidos y sentirnos seguros. En el fondo, vivimos entre ser quienes somos —coherentes con nosotros mismos— y ser aceptados por las personas importantes para nosotros.

Desde esta perspectiva, el entorno temprano cumple un rol fundamental. El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott hablaba de la importancia de un ambiente “suficientemente bueno”: uno que sostenga, pero que no invada. Cuando el entorno acompaña sin sobrepasar, permite que la persona desarrolle su propio sentido de sí misma. Cuando invade o falla de forma importante, la persona puede verse afectada de manera integral.

Así, no todos partimos desde el mismo lugar. Las condiciones de vida, nuestra propia sensibilidad, el contexto social, la crianza, las oportunidades, desafíos y experiencias influyen profundamente en el bienestar. De manera que algunos autores proponen hablar de “trastornos” más que de “enfermedades” mentales, porque no se trata de algo equivalente a una enfermedad médica con una causa única y observable. Más bien, es difícil medir el sufrimiento y las necesidades insatisfechas, y cómo cada persona se adapta o transita esto.

A todo esto se suma el contexto actual. Vivimos en entornos que demandan atención constante: pantallas, redes sociales, estímulos rápidos. Esto puede afectar la forma en que nos regulamos, sentimos y relacionamos. No es solo tecnología; es una forma distinta de habitar la experiencia humana y conectarnos con otros.

Por todo esto, la mente no es fija ni igual para todos. Es dinámica, relacional e informada por el contexto —especialmente social— y por cómo cada uno está organizado internamente, es decir, qué tan sensibles somos a nuestro entorno. Comparar el sufrimiento suele ser poco útil. Cada experiencia tiene su propia historia, sus propias condiciones y sus propios recursos.

A veces, el mayor obstáculo no es el malestar en sí, sino el miedo a ser juzgado por tenerlo. El desafío entonces es vivir de forma auténtica, respetando a los demás y, en lo posible, siendo entendidos y acompañados.

La autora es psicóloga.


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