Frente a los últimos acontecimientos a nivel local y geopolítico, la declaración de la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSS 2025) y el surgimiento de lo que algunos analistas han denominado el “Corolario Trump”, entendido como el resurgimiento de la Doctrina Monroe, la memoria del 9 de enero de 1964 cobra otra dimensión de especial importancia. La palabra soberanía también resurge con un nuevo sentido, más objetivo y puntual, menos romántico y poético. La soberanía, al igual que la memoria, es una palabra activa y debe renovarse como una conciencia anticipadora y de acción comunal.
Es menester construir una pedagogía de la memoria histórica, una educación integral en todos los sectores de la sociedad, para defender la soberanía. Frente a las amenazas de Estados Unidos, que no son producto del imaginario social ni de la ficción, sino de palabras intimidantes como “recuperaremos el Canal” o “recuperamos el patio trasero”, es urgente la unidad férrea y la convicción de que nuestros mártires no blandieron la bandera en vano.
La historia de los pueblos es un puñado de heridas que enseñan las lecciones que nos sirven como brújula en tiempos difíciles, cuando el monstruo del norte vuelve a sacar sus garras. El 9 de enero de 1964 es un símbolo de dignidad, de sangre joven que se alzó para reclamar el derecho más elemental que puede tener un pueblo: que su bandera ondee libre y soberana en su propio suelo, que no es el patio trasero de nadie.
El recuerdo histórico de estudiantes, trabajadores y ciudadanos comunes que murieron por reclamar algo tan simple y profundo como el reconocimiento de la soberanía frente a una potencia hegemónica debe renacer otra vez para fortalecer los espíritus contemporáneos que, en medio de tantas mentiras y miedos, se debilitan y se envenenan. Es apremiante que el país esté unido; no hay espacio para la desavenencia, que es la debilidad que alimenta el colonialismo.
El 9 de enero debe ser una efeméride histórica que accione, desde la memoria, el pensamiento como una herramienta viva de resistencia frente a nuevas formas de presión política, económica y militar. La memoria histórica es el cordón umbilical del ser colectivo para comprender su presente. Es la forma en que un pueblo reconoce de dónde viene para decidir hacia dónde va. Cuando olvidamos nuestra historia, perdemos la identidad, la dignidad y la dirección.
En la actualidad, el gobierno de los Estados Unidos, en su NSS 2025, deja claro que debe centrarse en la protección de su soberanía, su economía y su identidad cultural, y en asegurar que actores extrahemisféricos no dominen regiones críticas como América Latina. Mientras ellos protegen su soberanía con mentiras, amenazas, persecuciones, sanciones y acusaciones, nosotros deberíamos reconocer patrones y elementos de comportamiento político que buscan justificar la violación y la intromisión bajo acuerdos que sepultan lo que los mártires de enero defendieron con su vida.
Cuando una sociedad tiene cultura de la memoria, se vuelve menos vulnerable a narrativas frívolas que normalizan la presencia de fuerzas extrañas escondidas en el discurso de cooperación o seguridad. La memoria del 9 de enero nos recuerda que la soberanía no es algo que se comparte a medias ni se cede con memorandos.
En un mundo neocolonial, las narrativas dominantes suelen imponerles a los pueblos versiones ajenas de su propia historia. Para descolonizarnos, debemos mantener viva la memoria y afirmar que hay una historia propia que no puede ser borrada ni suplantada.
El imperialismo posmoderno se nutre de la desinformación y construye campañas mediáticas para asociar a gobiernos soberanos con el narcotráfico, el terrorismo o la falta de seguridad, con el subterfugio de justificar intervenciones. La memoria histórica es una herramienta para leer y pensar críticamente estos relatos, para diferenciar lo que es pretensión de tutela de lo que es respeto real por la autodeterminación de los pueblos.
La memoria histórica alimenta la idea de que los cambios significativos no ocurren solo desde arriba, sino desde las bases mismas de la sociedad. El 9 de enero es nuestro relato: nos habla de la juventud que se levantó y de un pueblo que, con la lucha terca, logró consolidar un cambio profundo. Ese ejemplo ha de inspirar a nuevas generaciones para defender la soberanía en los complejos escenarios de nuestra América.
El 9 de enero nos enseña que ningún documento de estrategia geopolítica puede negociar la soberanía. Por eso, desde la memoria histórica y la coherencia ética; desde el compromiso y el coraje humano; desde la sombra de este momento lúgubre en que el imperialismo reorganiza sus intereses estratégicos y reafirma viejas nociones de esferas de colonialismo; desde la voz de nuestros mártires que hablaron claro; desde los caminos de la patria y sus calvarios infinitos, levantemos la bandera y volvamos a marchar como aquellos muchachos.
El autor es escritor.
