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La ingenua que dibujó un país serio

La ingenua que dibujó un país serio
Para los panameños, la corrupción es el principal problema del país y los servicios públicos funcionan “muy mal”, según una encuesta del CIEPS. Foto/La Prensa.

—Eres ingenua —me dijeron—. Panamá no funciona así.

No discutí. Abrí un cuaderno y empecé a dibujar. No un mapa, sino un sistema. Porque los países no suelen fallar por falta de ideas, sino por la dificultad de sostenerlas en el tiempo.

Primero dibujé las escuelas. No eran perfectas, pero sí coherentes: docentes seleccionados por mérito, con formación continua y evaluaciones claras. En ese escenario, enseñar deja de ser resistencia y se convierte en práctica profesional. El estudiante no solo memoriza para aprobar, sino que comprende. Y, aunque suene simple, lograr eso requiere consistencia, no improvisación.

—Eso aquí no pasa —me dijeron.

Seguí.

Dibujé instituciones con reglas estables. Funcionarios que ingresan por procesos transparentes y que permanecen más allá de los cambios políticos. Trámites más simples, procesos más claros. Un sistema donde el acceso no depende de contactos, sino de normas que se cumplen.

Luego vinieron los servicios públicos: centros de salud con atención oportuna, recursos disponibles y gestión eficiente. Infraestructura planificada, ejecutada y mantenida. No como evento puntual, sino como política sostenida.

—Sigue siendo poco realista —insistieron.

Incorporé la economía. Un entorno donde emprender no implique atravesar barreras innecesarias. Donde las reglas sean previsibles y la competencia no dependa de privilegios. Un sistema tributario que funcione con equilibrio: ni arbitrario ni fácilmente evadible.

Entonces levanté la mirada.

—La gente no cambia —me dijeron.

—No completamente —respondí—. Pero las reglas influyen en el comportamiento y, con el tiempo, generan hábitos.

Ahí entendí por qué la idea incomoda.

No porque sea imposible, sino porque exige continuidad, coordinación y responsabilidad compartida.

Cerré el cuaderno con lo más complejo: la disciplina cívica. No como imposición, sino como práctica cotidiana. Cumplir normas básicas, respetar espacios comunes, asumir que lo público también es propio. Un país donde lo correcto no sea excepcional.

Guardé el cuaderno.

—Ahí está el país que dicen que no se puede —dije.

—Eso no va a pasar —respondieron.

—Tal vez no —contesté—. Pero tampoco es probable si se descarta de entrada cualquier intento de mejora.

Después vinieron las reacciones:

“Mucho texto”. “No entiende cómo funciona el país”. “Eso es muy teórico”. “Hay que ser más realista”.

También aparecieron otras:

“Empieza por ti misma”.“No hace falta idealizar”. “No es tan simple”.

Las leí con atención.

Algunas críticas apuntaban a algo válido: cambiar un país es complejo, toma tiempo y requiere más que buenas intenciones. Otras, en cambio, evitaban el fondo y se quedaban en descalificaciones generales.

Ahí confirmé algo importante.

Cuestionar una idea es necesario. Descartarla sin examinarla, no tanto.

Porque reconocer problemas no implica creerse perfecto, sino aceptar que hay aspectos que pueden mejorar. Y proponer cambios no garantiza tener la razón, pero sí abre una conversación que vale la pena tener.

“Empieza por ti misma” no es un argumento equivocado. El cambio individual es parte del proceso, pero no reemplaza la discusión sobre lo colectivo. Un país también se construye a partir de las reglas que establece y de lo que decide tolerar o corregir.

No tengo una respuesta definitiva.

Lo que tengo es una pregunta que sigue vigente:

¿Y si, en lugar de asumir que no se puede, empezamos a discutir cómo sí podría hacerse mejor?

Tal vez no sea suficiente.

Pero es, al menos, un punto de partida.

La autora es profesora de filosofía.


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