Cuando se habla de abundancia, entre muchos factores, en Panamá es sinónimo de agua. Muchos contemporáneos —y, sobre todo, la juventud— tienen la idea de que este recurso nunca faltará, de que siempre estará disponible durante la lluvia o recorriendo nuestros corredores de fuentes hídricas. Sin embargo, hoy se evidencia una triste verdad: sistemas importantes como los de la sociedad, la economía y la naturaleza (fuente: Tarte, 2010, CIDES) están cerca del colapso, no porque el agua haya desaparecido, sino porque no hemos sabido gestionarla.
Lo más preocupante es que la crisis no llegó sin avisar; las señales siempre estuvieron allí. La falta de conocimiento y, tal vez, el dogmatismo de creer que se trataba de un recurso renovable e inagotable nos jugaron una mala pasada. Hemos edificado, poco a poco y en silencio, posibles soluciones a pequeña escala, mientras confiábamos en que el problema se resolvería por sí solo. Nos acostumbramos a reaccionar cuando el agua falta. Esto no es más que una desconexión emocional: “Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y lo llamarás destino”, como señaló Carl Jung.
Este enfoque reactivo refleja un pensamiento distorsionado, con respuestas que no están funcionando. Ya no se trata solo de un problema de infraestructura, inversión o gobernanza; es, sobre todo, un problema de enfoque. Durante años, el modelo de gestión del agua ha permanecido prácticamente igual. Pero la realidad sí ha cambiado: los elementos ecosistémicos, producto de la actividad humana, aumentan de manera abrumadora y sin detenerse.
A veces creemos que empezar de cero es la solución. Pero no es así. Reformar implica reconocer que hay propuestas que ya no responden a la realidad y que requieren ser replanteadas. Se necesita coraje para cuestionar lo recurrente y abrirse a nuevos paradigmas.
El momento en que veamos el agua más allá de un recurso natural renovable —como el verdadero motor de nuestra sociedad— entenderemos la dimensión del problema. Cuando falla su gobernanza, se evidencian problemas cada vez más profundos: falta de planificación, decisiones fragmentadas y escasa información para la toma de decisiones. No está garantizado que las soluciones del pasado funcionen para los problemas actuales.
Sin embargo, aún hay esperanza. Estamos en un punto clave. La crisis del agua puede impulsarnos a implementar nuevos modelos o paradigmas más sostenibles, capaces de generar soluciones reales. Pero eso solo será posible si dejamos de ver el cambio como una amenaza y comenzamos a entenderlo como una oportunidad de corrección, actuando a tiempo y reconociendo el verdadero problema. Porque cuando el agua empiece a faltar en nuestra vida cotidiana, hablaremos de una realidad que afecta directamente todo lo que conocemos.
Tal vez la incógnita más abrumadora no sea qué está pasando con el agua, sino qué estamos dispuestos a hacer, como sociedad, frente a esta crisis del vital líquido. Porque, al final, el futuro no depende únicamente de la gobernanza o de los dogmatismos, sino de una conciencia activa, colectiva y comunitaria.
La autora es especialista en gestión ambiental y estudiante de la Maestría en Paisajismo y Gestión Ambiental de la Universidad de Panamá.


