Ya llevamos años, y muchas voces se han alzado y han escrito sobre la crisis educativa. Se pide que mejore la calidad de la educación, pero parece que esas voces caen en un espacio sideral y van rebotando de gobierno en gobierno durante los últimos ocho períodos presidenciales.
Las investigaciones sobre el tema son numerosas y sus resultados son conocidos. Todos estamos preocupados, pero los problemas persisten y sus consecuencias se viven a diario en la sociedad. Tampoco se puede aceptar así nomás que las críticas se concentren únicamente en la escuela pública, aunque la educación particular tampoco escapa al debate, pues ambos sistemas forman parte de un mismo país: Panamá. Si analizamos con detenimiento, veremos que los presidentes que han gobernado tras la invasión estadounidense provienen, en su mayoría, de escuelas particulares, y ninguno ha logrado escapar completamente de la sombra de la corrupción.
La educación, como señalan sus principios fundamentales, debe fomentar el pensamiento crítico. Así ha sido desde tiempos remotos. Sin embargo, con el paso del tiempo y debido a intereses partidistas, ese espíritu se fue debilitando en nuestro país. Hoy parece prevalecer únicamente el impacto económico, el crecimiento material y el consumismo, elementos que han relegado la dimensión espiritual e intangible de la educación. La indiferencia hacia las humanidades debilita valores que son tan imprescindibles para la sociedad como el propio desarrollo económico.
Un país que aspira a elevar la calidad de vida de sus ciudadanos no solo necesita crecimiento económico; también requiere fortalecer los valores humanos. Un profesional no debe limitarse a dominar su especialidad. También necesita nutrirse de otros saberes para enriquecer su ejercicio profesional. Todo debe interrelacionarse para aportar desde distintas perspectivas, porque todos nos necesitamos. Cada profesión ofrece una mirada diferente, pero todas convergen en una misma necesidad social.
Escuchamos con frecuencia que Panamá posee una economía pujante y dinámica. Sin embargo, cabe preguntarse dónde ha quedado el desarrollo integral de la sociedad y por qué los beneficios de esa economía continúan distribuyéndose de manera tan desigual.
Quizás no motive a muchos padres que sus hijos estudien filosofía, sociología, antropología o historia. Pero precisamente por eso estas disciplinas son hoy más necesarias que nunca para comprender los problemas que enfrenta nuestra sociedad.
Sugerir que las carreras técnicas —que el país ciertamente necesita— deben orientarse únicamente a determinados sectores sociales revela una visión limitada. Es verdad que Panamá requiere más técnicos especializados, pero ello no debe llevarnos a subestimar otras profesiones ni a establecer jerarquías artificiales entre unas y otras. Cuando se transmite la idea de que ciertas carreras son superiores, se contribuye a perpetuar la desigualdad.
Esa forma de pensar favorece una sociedad fragmentada, incapaz de reconocerse en su diversidad cultural. La creciente violencia social que observamos es también reflejo de esa desconexión. Da la impresión de que privilegiamos la formación individual sobre la construcción de una conciencia colectiva.
La educación no consiste únicamente en acumular conocimientos. A la escuela no se va solo a recibir información. Educar implica ir más allá de las paredes del aula. Significa tomar conciencia de que convivimos con otros, que pertenecemos a culturas diferentes y que esa diversidad fortalece a la sociedad y la hace más productiva. También permite la coexistencia, la tolerancia y el respeto mutuo. Aprender a valorar la heterogeneidad es fundamental.
Porque para aprender y educar no basta la escuela. La responsabilidad es compartida entre las familias, la comunidad, la sociedad y el Estado.
El autor es docente.

