Casi todos conocemos a alguien —un familiar, un amigo o un vecino— que ha vivido un incidente con un perro que paseaba sin correa. Algunos terminan en un gran susto; otros, con lesiones graves. En ocasiones, la víctima es un niño; otras veces, una mascota. Y, lamentablemente, algunos terminan en tragedias que cambian la vida de varias familias para siempre.
Cada vez que ocurre uno de estos incidentes, aparecen las mismas frases: “Nunca había hecho algo así”, “Es un perro muy noble”, “Siempre ha sido tranquilo” o “Solo quería jugar”. Y es muy posible que todas esas afirmaciones sean ciertas. La inmensa mayoría de los perros pasan toda su vida sin mostrar agresividad.
Pero las normas de convivencia no existen para cuando todo sale bien. Existen precisamente para ese momento, improbable pero posible, en que algo sale mal.
Quienes amamos a los perros sabemos el lugar tan especial que ocupan en nuestras familias. Nos acompañan durante años, nos reciben con alegría cada día y nos enseñan una lección de lealtad difícil de igualar. Precisamente por ese cariño, la tenencia responsable debe ser parte de ese amor.
Llevar un perro con correa no significa desconfiar de él. Significa comprender que ningún animal, por más dócil que sea, deja de ser impredecible. Un ruido inesperado, un niño corriendo, otra mascota, una bicicleta o, simplemente, un instante de miedo pueden desencadenar una reacción imposible de anticipar.
La correa no solo protege a quienes nos rodean. También protege al propio perro. Evita que corra hacia una calle, que sea atropellado, que ataque o sea atacado por otro animal o que termine involucrado en una situación que cambiará para siempre la vida de varias familias.
También debemos pensar en los demás. Hay niños pequeños que aún no saben cómo reaccionar ante un perro. Hay adultos mayores cuya estabilidad puede verse comprometida por un simple salto. Hay personas que arrastran el trauma de haber sufrido un ataque en el pasado. Todos ellos tienen el mismo derecho a disfrutar de un parque, una acera o las áreas comunes de un edificio con tranquilidad.
No se trata de enfrentar a quienes aman los perros con quienes les tienen miedo. Tampoco de señalar razas específicas. Cualquier perro, grande o pequeño, puede causar un accidente bajo determinadas circunstancias. El verdadero debate no gira alrededor del animal, sino de nuestra responsabilidad como propietarios.
Lo mismo ocurre con otras normas que aceptamos sin discusión. Usamos el cinturón de seguridad aunque nunca hayamos tenido un accidente. Respetamos los semáforos aunque no venga otro vehículo. Nos ponemos casco al montar bicicleta o motocicleta aunque pensemos que no vamos a caer. La prevención consiste precisamente en actuar antes de que ocurra la tragedia.
Quizás algunos consideren exagerado exigir que todos los perros permanezcan con correa en las áreas comunes. Sin embargo, basta mirar a nuestro alrededor para comprobar que estos incidentes ocurren con mucha más frecuencia de la que imaginamos. Casi todos conocemos a alguien que ha pasado por una experiencia así.
Una correa cuesta pocos dólares. Una vida no tiene precio.
El civismo no se demuestra cuando todo está bajo control; se demuestra cuando aceptamos pequeñas incomodidades para proteger a los demás. Llevar un perro con correa es uno de esos gestos sencillos que reflejan respeto, empatía y responsabilidad.
Porque, al final, la correa no limita la libertad de un perro; protege la libertad, la tranquilidad y la seguridad de todos.
El autor es empresario, consultor, caballero de la Orden de Malta.

