El Archipiélago de Las Perlas, en Panamá, debe su nombre a la abundancia de perlas que existía en la región durante el período colonial español. Está ubicado en el golfo de Panamá, a unos 48 km de la costa del istmo, y tiene una superficie total de 1,165 km². El archipiélago lo conforman 39 islas y alrededor de 100 islotes.
La bucería de perlas en esta región fue una actividad floreciente y la más importante de América desde que Vasco Núñez de Balboa las descubrió en 1513. Cronistas como Gonzalo Fernández de Oviedo documentaron la existencia del Archipiélago de Las Perlas, así como su extraordinaria riqueza perlífera. Durante la colonia, los buzos —en su mayoría esclavos provenientes de África— buceaban a pulmón, aprovechando las mareas bajas.
La actividad se mantuvo vigente y próspera durante la época en que Panamá formó parte de Colombia, cuando los buzos eran principalmente gunas e istmeños locales, a quienes se les pagaba por quintal de concha recolectada. Recibían, además de su pago por la concha extraída, un pequeño porcentaje como incentivo por el valor de las perlas grandes que encontraran.
En 1860 arribó al istmo el traje moderno de buceo con escafandra, lo que permitió bucear a mayor profundidad y por más tiempo bajo el mar. Las perlas y la concha nácar eran exportadas a gran escala. A manera de referencia, en junio de 1893 salieron por el puerto de Colón 52,500 libras de concha nácar, con un valor estimado para la época de 6,300 pesos plata. El beneficio de la extracción de perlas y concha pertenecía al gobierno central en Bogotá.
Más tarde, concretada la independencia del istmo, el negocio de la bucería continuó en manos privadas de panameños, aunque con menor intensidad. Los municipios aledaños al área cobraban impuestos por el uso de escafandras y botes de vela. Para 1930, la sobrepesca con escafandra extinguió la concha, agotando los bancos de madreperla. A ello se sumaron el aumento de la temperatura del mar y las enfermedades de los arrecifes coralinos. Finalmente, la competencia de las perlas cultivadas en Japón puso fin a la época dorada de la bucería de perlas en nuestro territorio.
El antropólogo y escritor Stanley Heckadon-Moreno, en su excelente libro Cuentos a la vera del río y la mar, así como en varios de sus reportajes publicados en el diario La Prensa, hace precisas referencias históricas basadas en entrevistas realizadas a sobrevivientes de las primeras décadas de vida republicana sobre esta importante actividad, que —como bien apunta— también se llevó a cabo en otras regiones del país, como la isla de Coiba, Soná, Remedios y Puerto Pedregal, en Chiriquí.

Por mi parte, me referiré ahora de manera especial a la fascinante y singular historia de una perla única, probablemente la más famosa del mundo, descubierta en Panamá, en el Archipiélago de Las Perlas, por un esclavo pescador africano llamado Bomani, quien la entregó a su amo, Pedro de Temez, en el siglo XVI. Se trata de La Peregrina, la famosa perla que no solo se destaca por su belleza y tamaño, sino también por su extraordinario recorrido a través del tiempo.
Esta joya histórica, en forma de lágrima, excepcionalmente grande y hermosa, con un lustre deslumbrante, fue rápidamente presentada a las autoridades coloniales españolas al comprender el valor incalculable de su hallazgo, por lo que la consideraron el regalo perfecto para un rey. En efecto, La Peregrina fue presentada al rey Felipe II de España, quien quedó cautivado por su belleza y la incorporó a la colección real española, donde se convirtió en una de las joyas más apreciadas.
A lo largo de los siglos, esta perla pasó por las manos de numerosos miembros de la nobleza europea, entre ellos María Tudor, reina consorte de Francia e Inglaterra, quien la lució en varias ocasiones oficiales; Juana de Austria, hermana del rey Felipe II, que la heredó tras la muerte del monarca; y Napoleón III, quien la adquirió después de su exilio en Inglaterra.
Cada uno de estos propietarios no solo admiró la perla por su belleza, sino que también valoró su significado histórico y cultural. La Peregrina se convirtió en un símbolo de estatus y poder dentro de las cortes europeas, siendo protagonista de eventos importantes y ceremonias reales. Fue incluso retratada por Velázquez en varias de sus pinturas.
El reconocido actor Richard Burton adquirió la mítica perla en 1969 como regalo para Elizabeth Taylor, conocida por su fascinación por las joyas. La adquisición de La Peregrina no solo añadió una pieza icónica a la colección de Taylor, sino que también simbolizó el amor y la devoción que Burton sentía por ella. La perla fue incorporada a un collar diseñado por Cartier, que la combinó con diamantes y rubíes, creando una pieza única que fusionó la elegancia clásica con el diseño moderno.
Tras la muerte de Taylor, en 2011, La Peregrina fue subastada el 13 de diciembre de ese mismo año. Ese día, la atmósfera en la casa de subastas Christie’s, en Nueva York, se llenó de expectación. Coleccionistas y amantes de las joyas esperaban ansiosos el desenlace. Cuando el martillo finalmente cayó, La Peregrina estableció un récord mundial al alcanzar el asombroso precio de 11.8 millones de dólares. Este monto no solo superó todas las expectativas, sino que convirtió a La Peregrina en una de las joyas más caras vendidas en subasta, perdiéndose curiosamente su rastro a partir de ese momento.
El autor es escritor y pintor.


