Involución electoral

Comenzó a dañarse cuando el presidente que asumió después de la invasión, no tuvo los arrestos de resistir las solicitudes de nombramiento de la esposa de uno de los magistrados en un cargo público de importancia. Siguió haciéndolo cuando el siguiente presidente, emulando el ejemplo del anterior, designó a la esposa de otro magistrado, como asesora en la misma Presidencia, por su extraordinario talento, según dijo. Continuó cuando el partido en el poder de entonces quiso acceder a la más respetada de las instituciones públicas, pensando que la buena imagen se contagiaba. En el mismo período se restablecieron las “partidas circuitales” -dineros destinados a los diputados en mayor o menor cantidad, según las afinidades con el partido en el poder- y, poco antes de su terminación, continuó con la designación de un fiscal electoral de sus entrañas y muy cercano al presidente de turno. Se habían abierto de par en par las puertas del clientelismo para la ¿construcción? del país.

Después se profundizó el clientelismo. Hubo más dinero para los diputados, más prebendas, incluidos relojes Cartier, más manipulación de la institucionalidad, quizá más concentradas en el judicial y en el legislativo así, con minúsculas. Los argumentos siempre fueron que el anterior lo había hecho peor y cada atleta político hizo saltos cada vez más largos, para superar el salto anterior.

La justicia languideció hasta los huesos, la institución de las leyes y de la representación popular, literalmente, cercó su corral y se convirtió en hato de engorde.

Y así, a -separado- saltos y más saltos, llegamos a hoy, con un Tribunal Electoral no muy diferente del que teníamos en 1989, remiso a cumplir sus responsabilidades con energía, sin autoridad moral para enderezar los entuertos que se cometen en el hato, a cuyo seno se ha incorporado recientemente otro (más) miembro del partido en el poder, con todo y suplente. Nos abocamos a las elecciones que tendrán lugar dentro de año y medio, cuyo calendario, a diferencia de otros tiempos, desatinadamente nos adelantó tanto el organismo electoral como el Legislativo, pues a mayor tiempo, piensan, mayores oportunidades de que el clientelismo tenga efectos, sobre todo si hay más pobreza y más crisis. Nos lo confirma Haití.

Y en este ambiente de cielo encapotado con nubes grises, surgen iniciativas que hacen temblar. Ya con una se eliminó la posibilidad de sancionar a quienes voten más de una vez en la misma elección; es decir, puede haber hasta unos 5 millones de votos válidos en la próxima elección, gracias a una modificación introducida en la Asamblea, cuyos diputados no pasan por alto ninguna oportunidad, con una asesoría legal y jefe avispado en manejo de normas electorales que ahora, qué coincidencia, el nuevo magistrado del Tribunal Electoral, anuncia que en vista de su experticia, se incorpora como asesor personal suyo a ese organismo, inequívoca señal del error en que incurrió el Órgano Judicial al designar ese magistrado. No quiero creer que a instancias de un diputado presidente, precisamente, del partido cuya flaca mayoría de votos prevaleció en las últimas elecciones.

Otra iniciativa lleva a que las boletas de votación -o las que, como en otros tiempos, las sustituyan- se conservarán para ver si las más de cinco y hasta unas 10 copias idénticas de las actas que tienen los resultados de los votos contados en la misma mesa a la vista del público, reflejan la verdad de aquel conteo.

También se contempla la disminución de la fianza de garantía para impugnar resultados. Antes se aumentó a $25,000, cuando pareció conveniente a los intereses de los diputados y ahora, como les parece inconveniente, en su enrevesada contabilidad de dinero, oportunismo y azar, es mejor rebajarla.

En síntesis, el escenario nos recuerda con nostalgia, los tiempos inmediatos anteriores a las elecciones de 1989, en que la inmensa mayoría de los panameños queríamos un organismo electoral que fuera tan buen árbitro de los torneos electorales como logramos tener poco después, aunque se nos haya oxidado, en vista de cuya ausencia votamos entonces masivamente para que contaran como contaran, restaran lo que restaran o hicieran lo que quisieran, a nadie continuarían engañando.

El autor es exmagistrado del Tribunal Electoral.


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