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¿Inservibles a los 50? La paradoja laboral que incomoda

Se ha instalado con fuerza —y sin demasiada resistencia— una idea inquietante en muchos sectores del mercado laboral: pasados los 50 años, un profesional comienza a ser visto como una carga, un excedente, un activo “vencido”. Como si la experiencia, en lugar de sumar, restan. Y como si la edad, lejos de aportar perspectiva, se convirtiera en un estigma.

La contradicción no podría ser más evidente. Por un lado, se retrasa la edad de jubilación, se amplía la vida laboral y se exige cotizar hasta edades impensadas hace apenas unas décadas. Por otro, a quienes superan los 50 se les cierran puertas, se les aparta de los procesos de selección y se les empuja al rincón de los prescindibles. No por falta de competencia, sino por una obsesión cada vez más marcada con lo “nuevo”.

Pero esa “frescura” que tanto se valora en los perfiles más jóvenes suele tener sinónimos incómodos: bajo coste, docilidad, disponibilidad total, escasa memoria institucional. En muchos casos, se prioriza contratar perfiles moldeables antes que valiosos; económicos antes que sólidos; manejables antes que expertos.

Resulta llamativo que esta lógica no se aplique a todos los ámbitos. Si tener más de 50 años convierte a alguien, según ciertas empresas, en un “candidato inviable”, ¿cómo se explica que, en la política, la edad no solo no sea un obstáculo, sino incluso una virtud?

Presidentes, ministros, alcaldes, directores de instituciones públicas: muchos sobrepasan los 50 —y no pocos los 60— sin que nadie cuestione su vigencia ni sus capacidades. ¿Por qué en la política la edad suma, mientras que en el resto del mercado laboral parece restar? ¿No debería valorarse en todos los ámbitos la formación sólida, el conocimiento acumulado y una trayectoria que avale la toma de decisiones?

En el mundo político, la edad suele asociarse con experiencia, madurez y temple. Mientras tanto, en muchas empresas, esa misma experiencia se desecha como si fuera un lastre. Así, miles de profesionales que han atravesado crisis económicas, liderado procesos de transformación, enfrentado despidos, superado fusiones y gestionado equipos diversos son hoy relegados o forzados a emprender como única vía para seguir activos.

La discriminación por edad es un tabú poco abordado. Se habla —con razón— de inclusión, diversidad y tolerancia hacia el género, la etnia o la religión. Sin embargo, el prejuicio etario sigue siendo ignorado, aunque resulte tan absurdo y dañino como cualquier otro. Porque el talento no tiene fecha de caducidad. La experiencia no envejece: madura.

Quizá haya llegado el momento de formular una pregunta incómoda: ¿queremos una sociedad que valore el conocimiento acumulado o una que descarte a quienes ya no encajan en la estética de una campaña publicitaria?

Y una última reflexión necesaria: ¿no se dan cuenta quienes hoy promueven, consciente o inconscientemente, el retiro forzoso de los mayores, que también envejecerán? El mismo sistema que hoy los privilegia, mañana podría dejarlos de lado.

La vejez, como el futuro, no es una amenaza: es una certeza. Y conviene encararla con sensatez antes de que sea demasiado tarde.

El autor es estratega en tecnología, innovación y transformación digital.


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