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La coyuntura de la falta de agua potable de la última semana en la ciudad capital ha servido de recordatorio de lo endeble que es el Idaan. Esta institución ha sido castigada por la improvisación, la politiquería y el clientelismo. Los panameños no tenemos el agua que nos merecemos, sino la que pagamos. Por más de 30 años la tarifa del agua se ha estancado, la infraestructura de las tuberías presenta un estado deplorable y la entidad ha perdido su capacidad de resolver problemas con sus propios recursos. El precio real de esta crisis no es solo el agua perdida y cuánto ha costado reparar las tuberías rotas. También incluye el perjuicio causado a aquellos negocios que no pudieron atender a su clientela, los hospitales y clínicas que limitaron su atención y la infinidad de molestias que enfrentan familias, empresas y todos aquellos que dependen del agua potable para sus quehaceres diarios. El Idaan no merece la suerte que tiene, pero tampoco puede ser una alforja llena de daños y perjuicios, y de omisiones que le quitan el agua sana a un país sediento. No podemos tolerar más errores y torpezas. Esto es simplemente inaceptable.

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