En Panamá, la mala nutrición tiene dos caras. Por un lado, existe la desnutrición crónica de casi un quinto de la población infantil menor de cinco años, problema que se intensifica en las zonas campesinas y comarcas indígenas. Por otro lado, predomina el sobrepeso y la obesidad en la población, principalmente los residentes urbanos, caracterizados por una vida sedentaria y con una dieta rica en carbohidratos, azúcares y calorías. Ambos extremos incrementan los riesgos a la salud y afectan el potencial humano de quienes padecen estas condiciones. Las políticas públicas de las últimas décadas han fomentado que el país deje de producir sus propios alimentos, aumentando la vulnerabilidad de la población. Los pocos esfuerzos que realizan el Estado y la sociedad civil para favorecer el acceso a una dieta de calidad y cantidad suficiente que promueva un estilo de vida saludable deben ser reforzados. Es necesario que términos como “hambre” y “malas dietas” sean erradicados de la vida cotidiana del panameño de una vez por todas. Esta debe ser una de las prioridades más elementales sobre la que toda la sociedad tiene que ponerse de acuerdo.
Exclusivo
hoyporhoy
11 feb 2018 - 05:00 AM