Suelen atacar al mensajero cuando un escándalo de corrupción los salpica, los mancha o los baña; hablan de lo necesario que son para la democracia, porque sin ellos el sistema corre peligro; y lo que se diga de ellos es, en general, ataques políticos. Así se defienden. Pero la verdad es que los diputados hacen todo lo posible por convertirse en las dianas de la crítica ciudadana. Los salvan sus “colegas” en la Corte Suprema de Justicia, y poco o nada hacen para sacudirse la mala reputación que merecidamente se han ganado. La Asamblea tiene entre sus miembros a los campeones del ausentismo; en sus filas está la nueva burguesía, de negocios sórdidos y ya no tan secretos. Salvo contadas excepciones, no pueden disimular su total falta de conocimiento en las materias que legislan, como tampoco pueden hacerlo con el estilo de vida que ostentan, con las propiedades que poseen –que 7 mil dólares al mes difícilmente podrían justificar– y mucho menos pueden controlar el insaciable apetito de poder. Ni siquiera se toman el trabajo de asistir al pleno, donde al menos uno podría pensar que algo hacen. Ni en eso se ayudan. Son ellos y solo ellos sus propios saboteadores.
hoyporhoy
28 may 2017 - 05:00 AM