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La noticia era previsible. La calificación crediticia de la constructora brasileña Norberto Odebrecht, que solía ser de grado de inversión, bajó a la de “alto riesgo de impago”. Palabras más o menos, sus papeles y sus créditos tienen muy poco respaldo, ya que se han convertido en un gran riesgo para cualquier inversionista serio. Unos días atrás, el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil le retiró el respaldo y le cerró las líneas de crédito a la empresa constructora. En Panamá, para las autoridades nacionales y municipales esto no significa nada. Seguirán los llave en mano, la construcción de viviendas, el Metro, las hidroeléctricas, el saneamiento de la bahía, la línea de transmisión eléctrica y el rosario de buenos y jugosos proyectos para los cuales no existen explicaciones razonables que justifiquen por qué el país sigue amarrando su destino al de esta compañía. El desenlace que en cámara lenta se irá desenvolviendo dejará a la constructora como una piltrafa corporativa, y a Panamá con un montón de proyectos inacabados. ¿Valió la pena tanto descaro y opacidad?

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